Otra vez (sobre ruedas y alcohol)

Otra vez.  Otra vez un individuo con sus tragos en la cabeza decidió montarse en su carro y pisar a fondo el acelerador (esta vez sí a fondo: el personaje iba a 160km/h), hasta que se llevó por delante un taxi y las vidas de tres personas (no se necesita morir para que se le lleven a uno la vida).  Y otra vez los medios de comunicación comienzan a recoger voces indignadas que con razón se quejan de que esta otra violencia nuestra, de tantas que nos agobian, siga llevándose a nuestros inocentes, segando futuros promisorios y sumiendo familias en dramas de pesadilla.

Por todas partes se pide acción.  El Espectador pide sanción social, Enrique Santos Molano una política educativa, y aumentar las penas sugiere Luis Eduardo Quintero (@donluiseduardo).  Hoy quiero presentarles mis reflexiones sobre estas opciones y mi mensaje sobre el asunto.

Empecemos por mirar los datos que tenemos sobre el efecto de los castigos, la mayoría de ellos recogidos sistemáticamente en EE.UU. donde conducir bajo la influencia del alcohol (DUI por sus siglas en inglés y de aquí en adelante) también es un problema de salud pública.  El castigo, a pesar de que tiende a generar contramedidas, es una buena parte de la estrategia pero solo si se aumenta no solo la intensidad sino la probabilidad del castigo – Evans, Neville & Graham (2006) mostraron que solamente legislar y amenazar prácticamente no tiene influencia sobre las tasas de DUI, pero en cambio aumentar la certeza de los controles sí tuvo un efecto.  La toma de medidas administrativas per se (legislación) solo pudo reducir marginalmente los casos de DUI en algunos (no todos) estados de Estados Unidos (McArthur & Kraus, 1999), aunque algunas medidas como la reducción del límite legal para conducir (contenido de alcohol en sangre) parecen funcionar (Carpenter & Harris, 2005).

Otro castigo que funciona en EE.UU. es la revocación de la licencia, a pesar de que muchas personas siguen conduciendo ilegalmente sin licencia.  Sin embargo, parece que limitan el uso del automóvil y ciertamente intentan no combinar el alcohol y el volante porque sumarían, en caso de ser detenidos, dos duros castigos: DUI y conducir con licencia suspendida (Laurence Ross & Gonzales, 1988).  Pero una de las mejores estrategias sin duda es combinar la penalización con la rehabilitación.  Taxman & Piquero (1998) muestran que en general los procesos de rehabilitación dan como resultado reducciones mayores en la tasa de DUI que varios tipos de castigo.

Sin embargo, en la implementación de estos programas de rehabilitación y penalización no podemos olvidar el revelador dato de Pechansky & Chandran (2012): las cosas que parecen funcionar en EE.UU. y Canadá no suelen hacerlo en América del Sur.  ¿A qué atribuirle esta diferencia “abismal”, según los autores?  Mi propuesta es que esa diferencia se debe a que nuestros países tienen sistemas de justicia muy débiles, con bajos índices de cumplimiento – los ciudadanos muchas veces no estiman que el castigo sea probable, y de todos modos saben que siempre hay formas de “arreglar”.  Esto no es exclusivo de Colombia – la cultura del atajo mantiene la industria del soborno prácticamente en todos los países de América Latina, con contadas excepciones.

Por eso veo muy difícil que la política educativa funcione.  Yo tiendo a confiar poco en este tipo de soluciones porque no creo que la promulgación de una política educativa contribuya de forma significativa a la reducción de estos comportamientos.  No esperarán que crea que el Estado Colombiano, que ni siquiera puede garantizar que todo el mundo acceda a la educación (como dicta la Constitución), ni tampoco su calidad, pueda convertir una política educativa en un instrumento de cambio conductual.

En cuanto a castigar con dureza, vaya tarea más difícil en un país con nuestra vergonzosa tasa de impunidad (entre 77% y 99% según la fuente que se consulte y el tipo de delito).  Gracias a nuestra cultura mañosa y a nuestra pobreza (económica y social) no es infrecuente que los conductores ebrios comenten alegremente que si se encuentran un retén no hay problema porque hay “cienmil formas de arreglar”.  Por ello, tampoco veo cómo aumentar las penas vaya a reducir significativamente el problema, máxime cuando nuestro sistema de administración de justicia, de por sí débil, tiene colgando sobre su cabeza la espada de Damocles de las graves condiciones del sistema carcelario, siempre a punto de colapsar.

Entonces dirán algunos de mis pocos lectores que yo siempre vengo a criticar y a ofrecer un panorama negro y desesperanzador.  Si eso es así no me estoy explicando bien.  Como siempre mi mensaje es que dejemos de buscar soluciones en la violencia, el castigo y la represión porque está demostrado que funcionan muy mal en el largo plazo.  Y empezar a prestarle atención al tema de nuestra cultura mafiosa.  Antanas tiene razón y no sé cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que nos demos cuenta de que debemos dejar de preciarnos de aspectos de nuestra cultura que en realidad nos hacen mucho daño como sociedad.

Gente, no se vanaglorien de haber sobornado a un policía de tránsito.  No debe ser meritorio imponer nuestra voluntad a los demás a las malas, ni salirnos con la nuestra a punta de trampas.  Si el colombiano va a ser “verraco” que lo sea por talento, por empuje y por destacarse en franca lid, ciñéndose a las reglas.  Pero si va a serlo por mañoso y  torcido, mejor que no lo sea.

 

Referencias:

  • Carpenter, C. & Harris, K. (2005).  How do “point oh-eight” (.08) BAC laws work?.  Topics in Economic Analysis and Policy, 5 (1), art. 6.
  • Evans, W.N., Neville, D., & Graham, J.D. (2006).  General Deterrence of Drunk Driving: Evaluation of Recent American Policies.  Risk Analysis, 11 (2), 279-289.
  • Laurence Ross, H. & Gonzales, P. (1998).  Effects of license revocation on drunk-driving offenders.  Accident Analysis & Prevention, 20 (5), 379-391.
  • McArthur, D.L. & Kraus, J.F. (1999).  The specific deterrence of administrative per se laws in reducing drunk driving recidivism.  American Journal of Preventive Medicine, 16 (1, supl. 1), 68-75.
  • Pechansky, F. & Chandran, A. (2012).  Why don’t northern American solutions to drinking and driving work in southern America?.  Addiction, 107 (7), 1201-1206.
  • Taxman, F.S. & Piquero, A. (1998).  On preventing drunk driving recidivism: an examination of rehabilitation and punishment approaches.  Journal of Criminal Justice, 26 (2), 129-143.

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