Lo que el agua se llevó (y dejó)

Las noticias son terribles.  Todos los días, los medios de comunicación nacionales nos dan cifras escalofriantes del drama invernal en nuestro país.  Más de 2 millones de damnificados (según el DANE, mayo 19), alrededor de 400 muertos, pésimos resultados para restaurantes, hoteles y otros negocios dependientes del turismo, un pueblo entero desaparecido (Gramalote), una prestigiosa universidad Bogotana completamente inundada, y miles de millones de pesos gastados para atender la emergencia.

Este ha sido un invierno en tres fases.  La segunda (más adelante hablaré de la primera), de 2010, es de ingrata recordación.  Esta fue la ola que destruyó Gramalote y que nos puso a todos los colombianos a hacer donaciones para los cientos de miles de personas que lo perdieron todo por cuenta de las inundaciones.  Pero además nos puso sobre aviso: recuerdo bien que las noticias de diciembre informaban de una pequeña “tregua” que sería seguida por una nueva ola invernal, más devastadora.  Pues bien, ese pronóstico resultó ser cierto y estamos viviendo en este momento una de las peores olas invernales de la historia de Colombia (tercera fase).

Sin embargo, a estas alturas, estamos viviendo la re-inundación de muchos territorios que se le habían ganado nuevamente al agua (el ejemplo más dramático es la U. de la Sabana, que ha vivido dos inundaciones en 24 días).  Los anuncios, la historia, no sirvió para nada.  El gobierno parece no haber aprendido nada, ni de lo ocurrido hace pocos meses, ni de otros países que enfrentan temporadas invernales severas continuamente con éxito, gracias a inversión en personal técnico e infraestructura.

Pero esto no es ninguna novedad, y ahora sí quiero hablar de la primera fase del invierno:  año tras año, desde hace muchos, los arroyos de Barranquilla crecen por las lluvias y se llevan carros, viviendas y personas.  Esta y otras situaciones nos indican que todas las temporadas invernales dejan damnificados en esta Colombia precaria y atrasada, que podría disponer de la tecnología y la voluntad para prevenir los efectos devastadores del clima, pero cuya pereza, corrupción y desidia ponen a tanta gente buena en situaciones difíciles por las lluvias o por las sequías.

Este gobierno que se eligió con tanta esperanza, con la idea de que “continuara” (si es que iba) llevando al país por el sendero del progreso, de la seguridad y de la paz, ha sido uno más de tantos gobiernos inoperantes en la historia de Colombia.  Y la prueba más dura y evidente de ello es la incapacidad que ha mostrado para detener, en pleno siglo XXI, la destrucción de las lluvias.  Los colombianos tendremos que soportar, de aquí en adelante, el fortísimo golpe que la atención a los damnificados está representando para las finanzas públicas y para el comercio – para la economía en general.  Pero también tendrá impacto en el empleo, en el tejido social y en la seguridad.  Habríamos gastado mucho menos si hubiéramos hecho las cosas bien desde el principio.

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