Mi falsa psiquiatra

No recuerdo bien el año, pero creo que era 2003. Yo era estudiante en práctica en la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana, y en ese momento estaba haciendo mi rotación en el Centro Javeriano de Oncología, presenciando el desfile inacabable de personas injustamente castigadas con esa terrible enfermedad que es el cáncer. Me gusta pensar que mi presencia y mi trabajo allí hicieron al menos algo de diferencia para algunos. Ciertamente, para mí la presencia (y a veces, la ausencia) de todos ellos fue determinante.

Se imaginarán que, por muy psicólogo que uno sea, algunos casos francamente despiertan en uno un torrente de emociones y de sentimientos que inundan la propia vida y amenazan la integridad personal.  Recuerdo casos, con nombre y apellido, que me llenaron de furia con el universo, porque no entendía por qué personas buenas, correctas, enérgicas, amorosas y lindas tenían que pasar sus días llenándose de químicos que los devastaban, sometiéndose a quemaduras, agujetazos, exámenes humillantes, y pensando que quizás todo ello no seriviría para nada y que al final esa maldita enfermedad los mataría.  Como en efecto pasó en muchas injustas ocasiones.

“Adriana” era una de esas injusticias.  Brillante médica, residente de último año de una competitiva especialidad, trabajadora incansable a pesar de sufrir de una enfermedad crónica debilitante desde pequeña, ahora afrontaba de cara la muerte debido a un huésped inesperado y nefasto en su cerebro.  Un tumor de los peores, creciendo en una cabeza conocedora como nadie del desastre que en ella se gestaba, y por supuesto de su destino final.  Valerosamente, esta jovencita de veintitantos, sin un pelo en la cabeza como consecuencia de la quimioterapia, decidió aceptar su suerte, y seguir hasta donde humanamente le fuera posible.  Llegó a nosotros con una sola súplica: ya se que me voy a morir, se cómo y cuando.  No quiero más médicos, quiero amigos, quiero  personas.  Quiero aprovechar hasta el último minuto.

Médicos y psicólogos conmovidos por su situación aceptaron su petición.  No era raro verla tomando café y fumando con algunos oncólogos (que por cierto muchos tienen la costumbre de hacer todo lo que le prohíben a sus pacientes), y conversando amigablemente con algunos en pasillos y salas de espera.  Con un par de personas del equipo la cosa incluso salió definitivamente de lo profesional y se convirtió en paseos por el centro de la ciudad y otras actividades más “de amigos”.

Obviamente, algunas personas sujetas al denso estrés que supone ver la muerte y la enfermedad tan de cerca simplemente no lo toleran y un buen día simplemente estallan.  Sea como sea el estallido, lo cierto es que algunos terminan recluidos en los mismos sitios en los que días atrás trabajaban como personal de la salud.  Para tratar de minimizar la probabilidad de que algunos de nosotros termináramos en las mismas, la Universidad dispuso una serie de reuniones quincenales para que los estudiantes pudiéramos ventilar nuestras emociones.

Y en una de esas, debo decirlo, aburridas reuniones, entre las velas y los cojines alguien hizo por fin la pregunta perfecta.  “Lo mejor que me ha pasado en los últimos días”, dijo alguien, “es Adriana”.  Comenzamos a hablar de lo mucho que había movido su presencia en el corazón de algunos.  Como algunos no la conocían, otros comenzaron a contar su historia.  No como se cuentan las historias en las revistas clínicas, esas que comienzan con “Paciente femenina de 26 años, natural y procedente de…”, sino la otra, la de su vida, la de su colegio, la de sus padres… la de sus padres? Pero si sus padres están muertos desde hace tiempo!.  “No, no lo están, ella vive con su mamá”, dijo una.  “No, a mí me dijo que vive con los dos”, respondió otra desde el otro extremo del salón.  “Bueno, pues a mí me dijo que murieron”, terció una más.  Todos nos miramos con estupor e incredulidad.

Total, al final de la sesión ya no sabíamos quién era Adriana.  Dos de mis compañeras salieron de ahí decididas a salir de la duda.  Recuerdo bien la llamada y la reunión.  “Te vas a ir de culo”, me dijo una de ellas.  Ante mis ojos una gruesa historia clínica, la historia de una paciente femenina de veintitantos años, sin siquiera el bachillerato completo, y un rosario de estancias en diferentes psiquiátricos.  En todos, el mismo cuento: una joven y talentosa médica gravemente enferma.  Entraba como Pedro por su casa al hospital de turno con una bata encima, pasaba revista, recetaba a los pacientes y trababa amistad con cualquiera dispuesto a conmoverse con su triste historia.  Cuando la duda amenazaba con desenmascararla, simplemente buscaba otro hospital y empezaba de ceros.  Me reservo el diagnóstico final, pero quiero contar que, para darle crédito a su mentira, sacaba resultados de exámenes de otros pacientes y los hacía pasar como propios.  De esa forma convencía a los tratantes de que en efecto estaba enferma de lo que decía.  Pero por supuesto no había tal glioblastoma multiforme en su cabeza.

Adriana desapareció, como era de esperarse, después de que descubrimos la mentira.  Quién sabe en qué pasillo de hospital esté ahora, a quién esté recetándole aspirinas y aguas aromáticas y quién esté comprando una de sus historias.  Pero ya en 2003 conocí yo a mi propio Camilo Herrera.

Epílogo

Quienes se pregunten como es posible que un falso psiquiatra (o una falsa médica) haya engañado tanto tiempo a una comunidad científica establecida, y a un país entero, deben tener en cuenta dos cosas.  La primera, un paciente psiquiátrico puede ser capaz de venderle lo que sea a quien sea.  La verdad es que no se necesita que se paciente psiquiátrico – fíjense como Europa le está vendiendo al mundo la idea de que para salvar a Grecia de la quiebra hay que endeudarla más y humillar y rebajar a su gente.  Yo no soy presidente, pero sí se que si mis deudas son más grandes que mis ingresos, pues debo recortar mis gastos y aumentar mis ingresos para pagarlas – no contraer una deuda aún más grande, y eso se cae de su peso.  Y sigamos – Hitler vendió la idea del “espacio vital”, Bush vendió la idea de la “guerra contra el terror”, Ceau?escu vendió la idea de la “revolución cultural” que casi acaba con Rumania, a Samper no hubo quien le pudiera discutir el “aquí me quedo”, Uribe vendió la idea de la “seguridad democrática”, Santos vendió la idea de las “locomotoras”…

Segundo, tristemente es verdad que muchas instituciones y profesionales en Colombia no están bien preparados, ni para esta, ni para muchas otras situaciones.  Tenemos que hacernos la pregunta por la calidad de la formación y por la calidad del ejercicio.  Pasaron años antes de que se verificara la hoja de vida de este señor, antes de sus colegas se pronunciaran efectivamente sobre su desempeño, antes de que le hiciera daño a muchos con sus dictámenes.  Diría yo, especialmente los psicólogos tenemos que hacernos esa pregunta.  Otro día escribiré sobre las diferencias abismales entre los sistemas de formación aquí y allá, pero les anticipo que estamos en una situación bastante mala.

2 thoughts on “Mi falsa psiquiatra

  1. Unos anhos mas tarde, en el 2005, la encontre en un congreso de Psico-Oncologia en la Clinica Marly. la misma historia seguia convenciendo incautos…

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