Status convulsivo

En Bogotá, Colombia, una bomba explota en un autobús, matando a un puñado de inocentes e hiriendo gravemente a un exministro.  La explosión ocurre algunas horas después del hallazgo macabro de al menos 49 cadáveres desmembrados, decapitados y con señales de tortura en Cadereyta Jiménez, Nuevo León, México.  Una joven madrileña, talentosa pero desempleada, todavía adolorida por los maltratos a los que fuera sometida el día anterior durante el desalojo de la Puerta del Sol, le reenvía por Internet la noticia de Bogotá a su amigo colombiano, que se recupera en Damasco de las heridas sufridas en un enfrentamiento cerca de Homs, Siria, a donde intentaba llegar como parte de una misión médica que deseaba atender a centenares de inocentes víctimas del régimen.  Su hermana, cocinera en Israel, también lee la noticia y piensa en el y en su país, tan lejano, al tiempo que ve pasar veloz un convoy del ejército israelí, una ocurrencia nada extraña y seguramente relacionada con los cohetes que los militantes de Hamas lanzan ocasionalmente al otro lado de la frontera.  Esa noche algunos de ellos morirán en la cruel retaliación.  La radio noruega dedica también un pequeño espacio a la carnicería en Suramérica y la infamia en España, aunque la noticia del día es la inmolación de un hombre frente a la Corte donde se juzga a Anders Breivik, el asesino de 77 personas en Oslo y Utøya en 2011.

En los pocos eventos de los que acabo de hablar he contado más de 200 personas muertas.  Se que son muchos más los eventos, y millones más los muertos que no tienen nada que ver.  Por más que quisiera, simplemente no podría saber de todos ellos.  No puedo contar las víctimas de la injusticia, de la infamia, de la tortura, de la desiguladad, de la pobreza, del hambre, de la violencia y de la desidia que son, más que la razón, las verdaderas características del ser humano.  En nuestro mundo, los malos son más.

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