De monstruos, camas y celulares

Me saca de mi letargo (blog-ístico) la propuesta del alcalde de Bogotá de no usar el celular en la calle para evitar los robos, y me recuerda el viejo chiste sobre los conductistas: una persona no puede dormir porque piensa que hay monstruos debajo de la cama y decide pedir ayuda al psicólogo conductista, quien le da la siguiente instrucción: “córtele las patas a la cama“.  El chiste se usa para ilustrar el proverbial pragmatismo que se nos atribuye a los conductistas, que según la creencia popular ignora las complejas sutilezas de lo humano.

La propuesta de Petro es del mismo corte.  Problema: los ladrones ven a las personas hablando por celular en la calle y las atracan y les roban el aparato.  Solución: dejar de hacerlo visible para evitar tentar a los ladrones.  Resultado esperado: disminución en el robo.  Sin embargo, algo suena mal y la gente lo ve rápidamente: ¿por qué debo renunciar a mi derecho de usar mi celular? ¿Por qué no mejor acabar con la delincuencia para no tener ese problema?

Evidentemente…

Claro está que ninguna de las dos soluciones, ni la de la cama ni la del celular, acaba con lo que la gente percibe que son los verdaderos problemas en cada caso: los monstruos en uno y la delincuencia en el otro.  Con el agravante de que los robos a celulares son algo real – a veces escalofriantemente real (prácticamente todos hemos sido víctimas de atracos en Bogotá y sabemos que no es una experiencia divertida, que incluso ha sido mortal en algunos casos).

La industria de la delincuencia

En América Latina, la delincuencia es una industria.  Enorme.  Una industria que mueve millones, y que da de comer a muchos.  Desafortunadamente la debilidad de nuestros Estados, la desigualdad rampante en nuestras sociedades, la desidia de nuestros políticos, han terminado por legitimar el robo callejero (y por supuesto el institucional, en el que nuestros políticos son expertos) y lo han elevado a la categoría de trabajo informal.  Triste, pero nuestros rateros son verdaderos profesionales del robo, con horarios, sitios de trabajo, técnicas aprendidas en las calles y las cárceles.

Alrededor del atraco se ha establecido una economía en toda regla: campaneros, redistribuidores, técnicos especialistas (por ejemplo en cambiar IMEIs de celulares), e incluso las fuerzas del orden participan ganancias con los grupos delincuenciales.  Evidentemente, tratar de acabar con el ratero es atacar a los otros subgrupos que dependen de su actividad, y eso hace muy difícil acabar con el fenómeno.  Piensen cómo sería acabar con un gremio legítimo, digamos, los historiadores, o los microbiólogos.  Ustedes creen que uno podría del totazo y así de fácil suprimir esa actividad en un país? Bueno, lo mismo, exactamente igual, es pensar en suprimir a la fuerza la delincuencia común.

¿Y entonces?

Y ustedes dirán, bueno, si usted tiene razón pues estamos jodidos.  Y evidentemente lo estamos, ¡y cada día más!  ¿Qué hacer? Bueno, pues a la luz de lo que dije sobre la delincuencia, está muy difícil que podamos hacer cambios sustanciales, y nos toca luchar en el nivel individual.  Muchos de nosotros hemos adoptado la política de no sacar el celular en buses y calles, y así por lo menos disminuimos el riesgo (a costa de los que los siguen sacando), pero está lejos de ser la solución ideal.  Lastimosamente, arreglar el problema exige hacer muchos, muchos cambios a nivel social que seguimos perdiendo la oportunidad de iniciar.  Lastimosamente, por ahora, la sugerencia de Petro habrá que tomarla en el nivel de la conducta individual, pero sin acostumbrarnos a ella y sin naturalizarla, como nos pasa con todo – las cosas funcionan  tan mal que nos olvidamos de que funcionan mal y las marcamos con el famoso “deje así”.  Lo que sí podemos hacer mejor es no dejar pasar las oportunidades de que las cosas comiencen a funcionar mejor (como en las presidenciales pasadas…)

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