¿Por qué no marcho el 9 de abril?

Puede que no todos los historiadores coincidan en que el 9 de abril de 1948 fue el día exacto que se jodió Colombia, pero seguramente la mayoría sí piensa que en la noche de aquel viernes negro ya lo estaba, claramente.  Sea cual sea la fecha, si es que la hay, el 9 de abril es un símbolo poderoso de nuestra desgracia, y para muchos colombianos es el momento que partió en dos la historia de Colombia: un día que nunca acabó, que seguimos viviendo.  Un día en el que se derramó ese vaso lleno de sangre cuyo flujo no hemos podido detener.

Pero es mucha sangre.  Demasiada.  Está claro que muchos de nosotros, la mayoría quizás (y qué triste que lo dude, pero no me hacen falta razones) quiere de verdad que nuestras venas abiertas no sigan regando los campos de Colombia y que las ciudades dejen de teñirse de rojo.  Pero hay que preguntarse qué tanto estamos dispuestos para hacerlo realidad.  Porque todas las condiciones que alimentan nuestra violencia siguen ahí: la corrupción, la desidia, la avaricia, la desigualdad, la falta de oportunidades, y, cómo no, el narcotráfico y la doble moral de los países consumidores.

Si nuestra violencia es producto de todos esos factores, nuestro comportamiento tiene que cambiar.  Nuestra idea de que la ley es opcional, nuestro espantoso “primero yo, segundo yo, tercero yo y si queda algo es para mí”, nuestra “malicia indígena” y nuestro “deje así”, todos ellos aplaudidos y seguramente valorados positivamente en nuestra cultura, tienen que irse.  Ni más ni menos que nuestra cultura tiene que cambiar.  Y por supuesto ese es un camino empinadísimo y larguísimo, uno que nos invita a mirar alrededor a ver si hay alternativas.

Y aparecen entonces las dichosas marchas.  No estoy diciendo que los colombianos piensen que marchar es lo único que pueden hacer por la paz (aunque se que muchos consideran que ese es su maldito “granito de arena” y sale), pero lo que quiero resaltar de las marchas y que me parece odioso es que es un perfecto limpiador de conciencias que no hace más que perpetuar el facilisimo de “yo expreso lo que quiero, pero que otros lo hagan por mí”.  Mis amigos y amigas, salir a marchar por la paz hace exactamente nada para conseguirla.  Si esa es su acción privilegiada para conseguir la paz, siento decirles que no están haciendo nada, que no dieron ni un paso para que Colombia esté en paz.

Algunos dirán que las marchas “visibilizan”.  Que con las marchas le mostramos a los actores armados que no pensamos seguir dejándonos la vida en una guerra fratricida sin sentido (¿y cuál lo tiene?).  Yo creo que las marchas de 1947 y 1948 surtieron el efecto preciso, porque en aquella época las élites no habían visto el tamaño de lo que amenazaba su desidia.  Y con nuestras marchas por la paz lo que hacemos es quitarle el sentido y el poder a aquellas.  “Marchar por la paz” hoy en día no es decirle a los violentos que no queremos más guerra, como si no lo supieran, sino aplicarle un pañito de agua tibia a nuestras conciencias heridas de saber que no nos portamos bien con los demás ni con nosotros mismos.

Entonces yo no marcho.  Ni mañana ni probablemente nunca.  Yo intento todos los días, con diversos niveles de éxito, ser una buena persona.  Ser un buen embajador de mi país aquí.  No meterme en problemas, ser una persona en la que se puede confiar, hacer las cosas al derecho y pensando, en la medida de lo posible, en las consecuencias que tengan sobre los demás.  Porque creo que para hacer paz uno no tiene que ser presidente, ni político, ni salir en televisión.  Creo que uno hace paz cuando deja salir primero en Transmilenio, creo que uno hace paz cuando mira para atrás para no atraversarse en el camino de alguien, creo que uno hace paz cuando no se queda con lo que no es suyo y cuando ayuda sin esperar nada a cambio.  Y sobretodo creo que uno hace paz sabiendo por quien vota y votando con clara conciencia de ello.  Y no estoy presumiendo de ninguna superioridad moral, que no tengo; solo digo que la paz se construye en el día a día, y que no debemos conformarnos con salir a la calle a caminar y a gritar arengas trasnochadas para darle alivio temporal a nuestra conciencia harta de tanta sangre.

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