La casa patasarriba

Este es un pequeño texto que no supe como terminar.  Tal vez porque de verdad no se cómo termina…

Se siente desde antes de verla.

Es un olor pestilente que flota en el aire y se hace más fuerte a medida que uno se acerca a esa gran casa desvencijada.  La distancia se reduce y los detalles se hacen más visibles.  La pintura raspada, las telarañas, los paquetes de papas tirados en el jardín y el popó de rata  justo antes de la puerta de madera podrida.

Nada más entrar, el hedor obliga a cubrir la nariz y a suprimir las arcadas.  Espectros, remedos de humanos sentados en cada rincón.  Nos miran: en sus ojos solo hay desesperanza.  Las ratas les muerden los dedos de los pies, las cucarachas les caminan por las piernas y las arañas se les enrredan en el pelo.  Aún así, de algún modo multiplican sus pocas fuerzas para alcanzar los mendrugos que caen de arriba y los mastican mil veces, como queriendo sacar de ellos todo que puedan, porque la vida es una guerra larga de mil batallas que se pelean en cada frase, en cada gesto, en cada súplica.

La cocina es un fuerte contraste: despensa llena, ollas en los fogones.  No hay platos ni cubiertos – se los llevaron los de arriba.  Cuando bajan por más se sirven hasta el borde del plato y dejan esos chorretones en el piso que son testigos de la abundancia.  En la sala, a pocos metros, los espectros se mueren de hambre.  Los que están más cerca y tienen fuerzas para arrastrarse lamen el piso en un intento desesperado por calmar el hambre.

Al subir las escaleras, la pestilencia se hace más fuerte.  Ya no vale simplemente cubrirse la nariz – es tan fuerte que desborda todos los sentidos.  Irrita los ojos, agobia el oído, sabe a sangre.  Extrañamente no viene de abajo, donde los espectros sacan lo que comen del charco de sus propios excrementos, sino de arriba, porque arriba todo está peor.  Los malditos bailan y cantan en un salón inmundo.  A través de los agujeros del piso de madera caen los restos de la comilona.  Los platos están rebosantes sobre la mesa y no cabe en nuestra cabeza que tan pequeño grupo pueda comer tanto, pero es evidente por su figura que están bien alimentados.  En los rincones hay montañas de comida podrida.  También de vez en cuando la botan por la ventana que da al jardín…

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