Mi falsa psiquiatra

No recuerdo bien el año, pero creo que era 2003. Yo era estudiante en práctica en la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana, y en ese momento estaba haciendo mi rotación en el Centro Javeriano de Oncología, presenciando el desfile inacabable de personas injustamente castigadas con esa terrible enfermedad que es el cáncer. Me gusta pensar que mi presencia y mi trabajo allí hicieron al menos algo de diferencia para algunos. Ciertamente, para mí la presencia (y a veces, la ausencia) de todos ellos fue determinante.

Se imaginarán que, por muy psicólogo que uno sea, algunos casos francamente despiertan en uno un torrente de emociones y de sentimientos que inundan la propia vida y amenazan la integridad personal.  Recuerdo casos, con nombre y apellido, que me llenaron de furia con el universo, porque no entendía por qué personas buenas, correctas, enérgicas, amorosas y lindas tenían que pasar sus días llenándose de químicos que los devastaban, sometiéndose a quemaduras, agujetazos, exámenes humillantes, y pensando que quizás todo ello no seriviría para nada y que al final esa maldita enfermedad los mataría.  Como en efecto pasó en muchas injustas ocasiones.

“Adriana” era una de esas injusticias.  Brillante médica, residente de último año de una competitiva especialidad, trabajadora incansable a pesar de sufrir de una enfermedad crónica debilitante desde pequeña, ahora afrontaba de cara la muerte debido a un huésped inesperado y nefasto en su cerebro.  Un tumor de los peores, creciendo en una cabeza conocedora como nadie del desastre que en ella se gestaba, y por supuesto de su destino final.  Valerosamente, esta jovencita de veintitantos, sin un pelo en la cabeza como consecuencia de la quimioterapia, decidió aceptar su suerte, y seguir hasta donde humanamente le fuera posible.  Llegó a nosotros con una sola súplica: ya se que me voy a morir, se cómo y cuando.  No quiero más médicos, quiero amigos, quiero  personas.  Quiero aprovechar hasta el último minuto.

Médicos y psicólogos conmovidos por su situación aceptaron su petición.  No era raro verla tomando café y fumando con algunos oncólogos (que por cierto muchos tienen la costumbre de hacer todo lo que le prohíben a sus pacientes), y conversando amigablemente con algunos en pasillos y salas de espera.  Con un par de personas del equipo la cosa incluso salió definitivamente de lo profesional y se convirtió en paseos por el centro de la ciudad y otras actividades más “de amigos”.

Obviamente, algunas personas sujetas al denso estrés que supone ver la muerte y la enfermedad tan de cerca simplemente no lo toleran y un buen día simplemente estallan.  Sea como sea el estallido, lo cierto es que algunos terminan recluidos en los mismos sitios en los que días atrás trabajaban como personal de la salud.  Para tratar de minimizar la probabilidad de que algunos de nosotros termináramos en las mismas, la Universidad dispuso una serie de reuniones quincenales para que los estudiantes pudiéramos ventilar nuestras emociones.

Y en una de esas, debo decirlo, aburridas reuniones, entre las velas y los cojines alguien hizo por fin la pregunta perfecta.  “Lo mejor que me ha pasado en los últimos días”, dijo alguien, “es Adriana”.  Comenzamos a hablar de lo mucho que había movido su presencia en el corazón de algunos.  Como algunos no la conocían, otros comenzaron a contar su historia.  No como se cuentan las historias en las revistas clínicas, esas que comienzan con “Paciente femenina de 26 años, natural y procedente de…”, sino la otra, la de su vida, la de su colegio, la de sus padres… la de sus padres? Pero si sus padres están muertos desde hace tiempo!.  “No, no lo están, ella vive con su mamá”, dijo una.  “No, a mí me dijo que vive con los dos”, respondió otra desde el otro extremo del salón.  “Bueno, pues a mí me dijo que murieron”, terció una más.  Todos nos miramos con estupor e incredulidad.

Total, al final de la sesión ya no sabíamos quién era Adriana.  Dos de mis compañeras salieron de ahí decididas a salir de la duda.  Recuerdo bien la llamada y la reunión.  “Te vas a ir de culo”, me dijo una de ellas.  Ante mis ojos una gruesa historia clínica, la historia de una paciente femenina de veintitantos años, sin siquiera el bachillerato completo, y un rosario de estancias en diferentes psiquiátricos.  En todos, el mismo cuento: una joven y talentosa médica gravemente enferma.  Entraba como Pedro por su casa al hospital de turno con una bata encima, pasaba revista, recetaba a los pacientes y trababa amistad con cualquiera dispuesto a conmoverse con su triste historia.  Cuando la duda amenazaba con desenmascararla, simplemente buscaba otro hospital y empezaba de ceros.  Me reservo el diagnóstico final, pero quiero contar que, para darle crédito a su mentira, sacaba resultados de exámenes de otros pacientes y los hacía pasar como propios.  De esa forma convencía a los tratantes de que en efecto estaba enferma de lo que decía.  Pero por supuesto no había tal glioblastoma multiforme en su cabeza.

Adriana desapareció, como era de esperarse, después de que descubrimos la mentira.  Quién sabe en qué pasillo de hospital esté ahora, a quién esté recetándole aspirinas y aguas aromáticas y quién esté comprando una de sus historias.  Pero ya en 2003 conocí yo a mi propio Camilo Herrera.

Epílogo

Quienes se pregunten como es posible que un falso psiquiatra (o una falsa médica) haya engañado tanto tiempo a una comunidad científica establecida, y a un país entero, deben tener en cuenta dos cosas.  La primera, un paciente psiquiátrico puede ser capaz de venderle lo que sea a quien sea.  La verdad es que no se necesita que se paciente psiquiátrico – fíjense como Europa le está vendiendo al mundo la idea de que para salvar a Grecia de la quiebra hay que endeudarla más y humillar y rebajar a su gente.  Yo no soy presidente, pero sí se que si mis deudas son más grandes que mis ingresos, pues debo recortar mis gastos y aumentar mis ingresos para pagarlas – no contraer una deuda aún más grande, y eso se cae de su peso.  Y sigamos – Hitler vendió la idea del “espacio vital”, Bush vendió la idea de la “guerra contra el terror”, Ceau?escu vendió la idea de la “revolución cultural” que casi acaba con Rumania, a Samper no hubo quien le pudiera discutir el “aquí me quedo”, Uribe vendió la idea de la “seguridad democrática”, Santos vendió la idea de las “locomotoras”…

Segundo, tristemente es verdad que muchas instituciones y profesionales en Colombia no están bien preparados, ni para esta, ni para muchas otras situaciones.  Tenemos que hacernos la pregunta por la calidad de la formación y por la calidad del ejercicio.  Pasaron años antes de que se verificara la hoja de vida de este señor, antes de sus colegas se pronunciaran efectivamente sobre su desempeño, antes de que le hiciera daño a muchos con sus dictámenes.  Diría yo, especialmente los psicólogos tenemos que hacernos esa pregunta.  Otro día escribiré sobre las diferencias abismales entre los sistemas de formación aquí y allá, pero les anticipo que estamos en una situación bastante mala.

Crónicas de viaje: primer viaje a Europa-Europa (parte 1)

Para todo Colombiano que tiene la mala fortuna de no tener un pasaporte sobre cual no pese la dolorosa carga legada por nuestros muchos compatriotas criminales, prácticamente cualquier viaje comienza con la temida palabra de cuatro letras: “Visa”.

Ahora mirado con desprecio en 157 países! (los otros 48 no es que se mueran de la dicha de verlo)
Sammy iba a estar un mes y medio en Europa y en ese tiempo es fácil agotar todo lo que Irlanda tiene para ofrecer, y además tenía familia y amigos en otros lugares, y la fortuna de un pasaporte europeo, para completar. Y yo moría de ganas por estar en Europa-Europa, porque si bien aquí en Irlanda pago en Euros y oigo a los nacionales quejarse de cómo Alemania dicta su política económica (señal inconfundible de que estoy en Europa, efectivamente), también es cierto que estoy en una isla lejos de todo y con una visa que solo me sirve para estar aquí en la República de Irlanda.

De modo que los meses anteriores había estado reuniendo la enorme cantidad de papeles que necesitaba para presentar a la Embajada de España: extractos bancarios, cartas de invitación, reservas de hoteles, pasajes de avión, seguro médico internacional, itinerario, carta de la universidad, y fotocopia de todo lo anterior. Con una mezcla de ilusión, incertidumbre y mucha ansiedad llegamos a la Embajada de España en Dublín tan solo 10 días antes de nuestro viaje y dejamos los papeles. Nos dieron fecha de entrega del pasaporte para el día 16 de diciembre (nuestro viaje era el 17), y el resto de la semana lo pasamos haciendo recocha, viendo películas y tomando Guinness en Maynooth.

El temido 16 llegó y nos dirigimos nuevamente a la Embajada. Llegamos con el corazón en la mano y casi vomitando de la angustia. Después de unos minutos presenté mi recibo (sí, el recibo de los 60 euros que pague por la visa, que se me había olvidado mencionarlo) y la cordial empleada fue a buscar mi pasaporte y me indicó que verificara si todo estaba bien. Lo abrí y me dio un vuelco el corazón: ahí estaba reluciente mi visa Schengen, válida por un mes. Sentí que se me aligeraba la carga sobre los hombros. Sammy estaba incluso más feliz que yo y a la salida nos fundimos en un abrazo eterno. Solo quedaba empacar e irnos!!!

Sin embargo, al otro día la salida de Dublín fue traumática. Nuestro vuelo de Ryanair salía a las 5pm, pero me confundí con la hora y pensé que salía a las 7pm. A la 1 de la tarde le confesé a Sammy que realmente teníamos menos tiempo del que pensábamos y que además no había podido hacer el check-in por Internet que Ryanair exigía, de modo que tendríamos que pagar los 40 euros por persona que cobra la aerolínea por imprimir el pasabordo. A las carreras salimos y fuimos al paradero de buses, donde tuvimos que esperar un buen rato gracias a la tradicional impuntualidad irlandesa. Llegando a Dublín paso lo que nunca jamás sucede: rumbo a O’Connell Street había un accidente y nos quedamos inmóviles en un trancón que me recordó a nuestros nefastos atascos bogotanos. Como pudimos nos bajamos sin respetar paraderos y cargados de maletas, caminamos un buen trecho hasta lograr tomar un taxi y llegar al aeropuerto. De milagro pudimos imprimir pasabordo, comer algo, correr hasta la puerta y lograr montarnos por primera vez en un avión de “la otra” aerolínea irlandesa.

Esta cosa nos llevó a Murcia. Perdón por la foto pero fue de carrera

Dos horas después tocamos tierra, unos minutos antes de lo previsto, según el anuncio de Ryanair acompañado de la famosa trompetita. Salvo el aterrizaje, que fue un poco duro y con un jalonazo de timón de cola por parte del piloto, el vuelo estuvo bastante bien. Yo tenía bastante angustia porque era la primera vez que utilizaba mi visa Schengen y tenía en la cabeza las miles de historias de personas que en el mejor de los casos fueron interrogadas según el Malleus Malleficarum, y en el peor devueltos a sus países de origen; sin embargo, después de mirar unos segundos mi pasaporte y de hacerme llenar el formato de entrada, el oficial de inmigración en el aeropuerto San Javier de Murcia estampó mi pasaporte. Oficialmente estaba dentro de la zona Schengen, y por lo tanto en la Europa de mis fantasías!

(continuará…)

Como en casa

En Irlanda nada comienza a la hora.
En Irlanda todo se demora.
En Irlanda si no es de urgencia puede esperar.
En Irlanda no hay suficientes policías.
En Irlanda matan taxistas.
En Irlanda la gente no protesta.
En Irlanda la gente se queja por todo.
En Irlanda los bancos son ricos y la gente es pobre.

Dónde más he oido todo eso????

¿Cómo venir a Irlanda? (para Colombianos)

Bueno, hoy pensé que podría hacer algunas entradas del blog relacionadas con la vida en Irlanda así que abrí una nueva categoría para hablar de ello: “Irlanda para Colombianos”. Mi primer post será sobre cómo venir a Irlanda si uno es Colombiano. Comencemos:

Visas:

Los Colombianos (raro) necesitamos visa para venir a Irlanda. No sirve la visa Schengen ni la visa del Reino Unido, tiene que ser la visa irlandesa. Hay varios tipos de visa (de turismo, estudio, investigación…), pero normalmente uno querrá venir como turista o como estudiante. Hasta ahora solo tengo la visa de estudiante, pero en el proceso me he enterado de varias cositas que pueden servir para la visa de turismo y voy a poner aquí. Desafortunadamente hay que hacer mucho papeleo antes de poder obtener una visa irlandesa, y es una lástima porque desestimula mucho y el país es muy bello y su gente muy amable.

La visa irlandesa se tramita ante el Consulado Honorario de Irlanda en Bogotá. No hay embajada ni otros consulados, de modo que si quiere venir hay que pasar por Bogotá. La información se llena en un formulario en línea a través de Internet y al finalizar se le da un código de recepción con un resumen de la información – hay que imprimir esa información y llevarla junto con el pasaporte y USD$85 al Consulado. En el consulado solo atienden de lunes a viernes de 9am a 12m, queda en la planta de Smurfit-Kappa Cartón de Colombia, y la mejor forma de llegar es la línea F de Transmilenio (Américas). OJO con los dólares – deben estar EN PERFECTAS CONDICIONES, sin roturas, sellos ni rayones. Créanme: un mínimo rayón, por absolutamente mínimo que sea, y NO les aceptan los dólares. NO HAY otra forma de pagar – tiene que ser en efectivo. Antes de retirarse de la casa de cambios verifiquen que los dólares estén como recién salidos del horno o aténgase a que lo devuelvan como a mí.

Los documentos deben ser enviados a la Embajada de Irlanda en México, por un servicio de mensajería confiable (DHL por ejemplo – puede costar hasta $150.000). Allí hacen un primer estudio y los envían a Dublín. Cada lunes o martes se publican en la página del servicio de inmigración las decisiones. Se niegan muchas visas, y la mayoría por dos razones que los colombianos debemos tener muy en cuenta antes de tomar la decisión de solicitar la visa:

  1. Fondos insuficientes
  2. Falta de garantías de regreso a Colombia.

Estas dos razones son válidas para casi cualquier otra visa. Mi recomendación: tenga por lo menos 1500€ de saldo promedio en el banco en los últimos seis meses. Se que es mucho, pero con menos no hay garantía de que el oficial de inmigración considere que tiene fondos suficientes para venir. Sobre lo segundo, es importante presentar todos los documentos que aseguren que usted debe volver, que son los mismos que presentaría ante cualquier otra embajada: escrituras de propiedad raíz, certificados laborales, etc.

La documentación es extensísima y recopilarla puede ser una tarea no solo dispendiosa, sino costosa. Se debe adjuntar, por ejemplo, certificado bancario original de los últimos 6 meses traducido por traductor oficial (no vale eso de que “yo se inglés”) y con la conversión del saldo final a Euros. Entre más alto el saldo, mejor. Este solo asuntito puede costar $300,000 tranquilamente. TODOS los demás documentos deben tener traducción oficial al inglés porque son estudiados en Dublín – me refiero a escrituras, certificados laborales y demás. El solo chiste de traducir puede sacarle $400,000 o más.

Enviada la documentación prepárese a esperar hasta 10 semanas para que se tome una decisión sobre su visa. Si se la dan debe llamar al Consulado y normalmente al otro día le dan una cita para poner la visa en su pasaporte. El servicio de inmigración hace énfasis en que la visa no es garantía de entrada – debe llevar copia de todos los papeles que adjuntó para estudio y mostrarlos en el aeropuerto en Irlanda – créame, se los piden. Y si no los convencen créame, lo deportan. Ojo, si ha sido invitado a Irlanda y tiene una carta de invitación por ejemplo para un evento, no se moleste en tramitar su visa si el evento está a menos de 8-9 semanas de ocurrir – muchas visas se niegan porque el curso o evento ya ha pasado cuando se toma la decisión.

Viajar

No hay vuelos directos a ninguna parte de Irlanda desde Colombia, así que debe llegar vía Estados Unidos o Europa (Francia, España, Alemania, Inglaterra). Ojo: si viene por EE.UU. o Inglaterra DEBE tener una visa de tránsito de esos países. Mi recomendación es que viaje por España (Iberia/Avianca) o Francia (Air France) y de ahí tome un vuelo a Dublín. Si no tiene el vuelo hasta Dublín pagado desde Bogotá DEBE tener una visa Schengen para poder ingresar técnicamente en España o Francia.

Al llegar a Dublín debe mostrar su pasaporte y le tomarán una foto y le harán algunas preguntas pequeñas, así que mejor venga hablando inglés. Los oficiales son serios pero amables. Vendrá de Colombia seguramente con el pasaporte en un protector – sáquelo antes de entrar al aeropuerto o corre el riesgo de irritar un poco al oficial de migraciones.

Bueno, espero que hayan disfrutado la información. Es una lástima que la visa del Reino Unido o la Schengen no sirvan para ingresar a Irlanda porque el país es muy bonito y tiene cosas que vale la pena visitar, pero fácilmente se desanima uno por la cantidad de papeles que debe llenar y la cantidad de información que debe proporcionar. Quien tenga la oportunidad que lo intente 🙂

Reporte de viaje: Galway y Connemara

Después de mis pequeñas escapadas a Dublín quedé con ganas de conocer otras ciudades importantes de Irlanda, y la oportunidad se presentó cuando uno de mis compañeros del laboratorio me dijo que haría un viaje a Galway, la tercera ciudad de Irlanda en tamaño e importancia, junto con un amigo.  Me “pegué” a este viaje de fin de semana, que seguramente será uno de los muchos que haré a esta bonita región.

El viaje comenzó en la mañana del sábado.  Abordamos un bus de la empresa Bus Éireann, muy cómodo y con Wi-fi abordo) que nos llevó en aproximadamente 3 horas y un poquito a Galway a través de excelentes carreteras y con un tráfico fluido.  El bus nos dejó relativamente cerca del centro de Galway, en el parque Kennedy, también a corta distancia del hostal Snoozles donde nos alojamos esa noche.  El hostal es bonito, bien atendido y cómodo.  Dejamos nuestras maletas y salimos a caminar por Galway.  Desde el hostal caminamos por Dock Road hasta llegar al puerto, que da contra el lago Alalia:

Puerto de Galway, con mis dos amigos

De ahí seguimos hasta encontrarnos con el Spanish Parade, el museo de la ciudad de Galway (no entramos) y el famoso Arco Español, rezago de una fortificación construida en el siglo XVI para proteger el comercio marítimo, y especialmente los galeones españoles que se refugiaban allí.  Es uno de los cuatro arcos de Galway, les debo los otros tres 🙂

Arco Español al fondo, y al frente monumento que señala que Colón encontró las primeras señales de vida allende el Atlántico en estas playas

La vista en este lugar, a la orilla del río Corrib, emblemático de Galway, es bastante bella.  Tomamos algunas fotos y luego atravesamos el llamado Latin Quarter – no ví nada realmente “Latin” ahí, comparable con el Temple Bar de Dublín, y ahí recorrimos tiendas y encontramos otro de los homenajes que este país le hace continuamente a su célebre escritor Oscar Wilde, a quien vemos sentado junto a Eduard Vilde, un artista estonio:

Wilde y Vilde

Saliendo de allí nos dirigimos a través de un lindo camino que bordea el Corrib hacia la espectacular Catedral:

Interior de la Catedral de Galway

Como estudiantes de la Universidad Nacional de Irlanda, queríamos ver la sede en Galway, así que continuamos hasta encontrarla y recorrer una parte.  Después de descansar un poco al frente del Corrib en la Universidad, volvimos al Spanish Parade y tomamos la llamada “Causeway”, una larga carretera que bordea el mar de Irlanda (ya el Océano Atlántico), usada por los ciudadanos de Galway para pasear a sus perros, hacer ejercicio o simplemente para disfrutar de una puesta de sol en la playa.

El cielo desde la Causeway

Así se pone el Sol en Galway
Al caer la noche nos devolvimos al Spanish Parade y estuvimos visitando algunos de los pubs, muy amplios y dispuestos para la conversación.  Al calor de unas pintas hablamos de fútbol (como no hablar de fútbol con estos brasileros) y luego fuimos al hotel porque al día siguiente haríamos el tour de la región de Connemara.
Nos vamos pa’ Cartag… digo, Connemara!!

Connemara tiene una belleza natural sencillamente increible.  Es un lugar verde, pacífico, tranquilo, y se promociona como “la verdadera esmeralda de Irlanda”.  Primero estuvimos  en las ruinas del monasterio Ros Oirialaigh, un monumento a la perseverancia pues los franciscanos que residían allí desde su construcción en 1351 fueron expulsados nada menos que siete veces, hasta que finalmente abandonaron de manera definitiva el edificio en 1753.  Sin embargo, está bastante bien preservado y da una idea bastante buena de cómo era vivir allí:

El Monasterio Franciscano

A continuación nos dirigimos al pueblo de Cong (en irlandés “Conga”, hehehe), “famoso” por haber sido el escenario de la película “The Quiet Man”, de la cual jamás había oído, pero parece que retrata fielmente la belleza de la región al tiempo que divierte al espectador con una cómica historia de amor.  Jamás la veré.  A pesar de que la película fue filmada en 1952, en Cong todavía existe el Museo Quiet Man, el Café Quiet Man y el tour Quiet Man.  Es un poco patético, pero el pueblo es lindo.  Me parecen mucho mejores atracciones la Abadía y el bosque, que ofrecen unas vistas simplemente preciosas:

Abadía (exterior)

Bosque

Sendero

De allí fuimos a dar a la espectacular Abadía de Kylemore, originalmente la lujosa residencia del industrial Mitchell Henry y convertida en Abadía por las monjas Benedictinas exiliadas de Francia en 1920.  No puedo sino imaginarme la felicidad de Henry al despertar cada mañana y ver a través de su ventana el lago que la casa tiene en frente y las espectaculares montañas de Connemara.  Es un lugar hermoso:

Abadía de Kylemore al fondo

La abadía en realidad es un complejo turístico con restaurante, visitas guiadas a la casa, los jardines y la iglesia gótica.  Como siempre, todo funcionando muy bien y con excelente servicio.  De la abadía regresamos a Galway y ahí tomamos un bus que nos devolvió a Maynooth por la noche.  Quedé antojado de esta bella región y sin duda regresaré.  Estén pendientes 🙂

Reporte de viaje: Gleann Dá Loch

Mientras esté aquí en Irlanda también haré mis mejores esfuerzos por viajar y conocer lugares en este y otros países, y por eso desde ahora comenzaré con mis reportes de viaje.  El primer destino ha sido el magnífico sitio de Glendalough (o Gleann dá Loch, en irlandés, valle de los dos lagos), en el condado Wicklow, a una hora y media en bus de Maynooth.  El pequeño viaje de un día lo hice gracias a la iniciativa de la Sociedad Internacional de mi Universidad.

El día fue el 8 de octubre de 2011, mi trigésimo segundo cumpleaños, primero de ellos en Irlanda, lejos de mis amigos y mi país, así que el viajecito fue también una forma de animarme en este día.  Salimos de la universidad a las 10:05am, bajo un cielo gris, bastante típico de Irlanda, que presagiaba un día lluvioso.  Sin que hubieran empezado a caer gotas atravesamos Maynooth y salimos hacia la autopista M4 que conduce a Dublín.  Después debimos haber tomado la N11 que normalmente cnduce a Glendalough pero no recuerdo exactamente el camino 🙂 Todas las vías están en excelente condición y el nivel de tráfico era medio-bajo, de modo que el recorrido es tranquilo, cómodo y sin paradas por trancones.

Salida (Maynooth) en la parte superior izquierda, y destino justo en la parte inferior.

Llegada a Glendalough

Glendalough es un valle situado en el Parque Nacional Wicklow Mountains, un gran parque con senderos que permiten disfrutar un bello paisaje compuesto sobre todo por altos árboles y también fauna: ciervos y ovejas pastan libremente, y en los lagos abundan los patos y los cisnes.  El primer contacto con el área es un complejo turístico con hotel, varios restaurantes, bar y centro de información.  Las instalaciones están muy bien cuidadas y el servicio es muy bueno.  Los precios son los que uno podría esperar de un sitio como este: quesadillas vegetarianas por 8€, gaseosas a 2.50€, cerveza Guinness a 4.30€.

Después de visitar el restaurante, nos dirigimos con mis compañeros de viaje a caminar una de las rutas disponibles para visitar el valle.  Una ruta corta tarda aproximadamente 1 hora y media, y la ruta larga unas tres horas – sin embargo uno camina lo que quiera, así que puede adaptar el recorrido a sus necesidades de tiempo.  Cualquiera de las rutas lleva inicialmente a un pequeño valle lleno de lápidas que los locales llevan poniendo como recuerdo de sus seres queridos.  La fecha más antigua que encontré en este sitio era de comienzos del siglo XX.  Poco más allá se encuentran las ruinas, bien preservadas, del sitio monástico fundado por St. Kevin en el siglo VI.

Entrada al sitio de St. Kevin

En este sitio se encuentran las ruinas de una catedral, una capilla, un dormitorio y la muy interesante torre redonda de Glendalough, de la cual no puedo suministrar muchos datos.  Parece ser que a los irlandeses les gusta construir estructuras altas, si nos guiamos por la de Dublín.

Torre redonda con mis compañeros de viaje

Después de visitar las ruinas del monasterio se cruza un pequeño puente y ya se está en los senderos del Wicklow Mountains National Park.  Con mis compañeros tomamos el camino del lago superior inicialmente, lo cual nos condujo a un espacioso valle y a la playa del primer lago, con una espectacular vista hacia las minas de Wicklow que visitaríamos después.  Para este momento no quedaba nada del mal augurio del clima de la mañana y teníamos un sol resplandeciente y un cielo azul con solamente unas pocas nubes blancas – un día precioso para visitar este sitio.  Los patos y los cisnes nadaban con tranquilidad en la playa y tanto turistas como locales aprovechábamos la oportunidad para tomar fotos:

Upper lake

Durante las siguientes dos horas caminamos por los senderos del parque disfrutando de la maravillosa vista sobre los lagos, y contamos con la suerte de poder ver algunos ciervos y ovejas en el camino.  Al final llegamos a las minas y nos sentamos a seguir disfrutando del paisaje y de una manzana.  Después desandamos el camino para llegar nuevamente hasta el centro de visitantes donde compartimos experiencias.  Al final del día hubo un amago de lluvia, pero finalmente Irlanda nos dejó terminar nuestra visita con la ropa seca.  A las cinco de la tarde partimos nuevamente hacia Maynooth, dejando atrás este maravilloso lugar al que planeo volver quizás muchas veces.

You o.k. there?

En este país hay cosas que me parecen simpáticas. Me sorprende mucho, por ejemplo, que hacer una compra sea una sucesión de agradecimientos. En Colombia llega uno a la tienda/café/bar/establecimiento y el diálogo en el que se enmarca la transacción es más o menos así:

Tendero: Buenas, a la orden?
Cliente: Como le va, me da por favor una bolsa de leche y cuatro panes de doscientos?
Tendero: Sí señor, mire (entrega las cosas). Qué más sería?
Cliente: Así está bien, cuánto es?
Tendero: Tresmil pesitos.
Cliente: Mire (entrega el dinero). Gracias.
Tendero: A la orden.

Palabras más, palabras menos es así o no?? Bueno, en Irlanda es como sigue (traducido):

Tendero: Hola
Cliente colombiano: Hola. Me llevo este muffin de arándano y un latte pequeño.
Tendero: (recibe el muffin). Gracias.
Cliente colombiano: (confundido – el muffin es para mí, no? No hay que darme las gracias…)
Tendero: (entrega las cosas). Tres cuarenta y cinco por favor.
Cliente colombiano: (entrega el dinero). Gracias.
Tendero: (recibe el dinero). Gracias.
Cliente colombiano: (confundido). Gracias? Gracias a usted (que me dio el muffin y el café)…

Así me pasa en todas partes: llevo lo que necesito a la caja, me dan las gracias, pago y me dan las gracias otra vez. Es chistoso. Cuándo un tendero en Colombia le da a uno las gracias? Ni que se las tuviera que dar tampoco, total no le están haciendo un favor a uno. Oirlo en Irlanda es divertido.

Pero sin duda lo más intrigante es el “a la orden”. Cuando uno va a la caja simplemente dice “Hi” o “Hello” o algo así y le contestan casi siempre con un “Hiya” o un “Hi there”. Pero si uno no arranca, le dicen el equivalente de nuestro “a la orden”. Ese equivalente en Irlanda es:

You o.k. there?

Más que una compra parece una invitación a terapia. La primera vez que la señorita de O’Brien’s me preguntó “Are you o.k. there?” casi le digo “Eh, pues la adaptación me está dando duro, gracias por preguntar, pero solo venía por un latte y este muffin…

Me gusta de Irlanda…

  • Que todo es verde
  • Que el sol no es despiadado como el de la Sabana de Bogotá, que me quema la calva
  • Que se ven las trazas de los aviones en el cielo de la mañana
    • Cuando el cielo no está gris…
  • Que los letreros de las calles están escritos también en irlandés
  • Que no hay huecos en las calles
  • Que la gente es amable.

Fáilte

No más largas al asunto – a escribir esta entrada.  Hoy es mi séptimo día en Europa y mi quinto día en la Isla Esmeralda, después de un par de semanas bastante movidas en las que recibí mi visa, terminé trabajos (y dejé otros pendientes), regalé libros y cosas, boté mil papeles, entregué mi apartamento y me despedí de mi gente que quiero en Colombia.  Todo por venir a hacer mi doctorado en Psicología en la Universidad Nacional de Irlanda, Maynooth.

Entonces, recapitulemos.  El lunes 5 de septiembre tomé mi primer avión a Europa.  10 largas holas de vuelo sobre Colombia, Venezuela, Brasil, el Océano Atlántico, Portugal y España hasta llegar al aeropuerto Barajas en Madrid.  Debido a mi despiste perdí el vuelo que me llevaría a Dublín y pasé una noche para olvidar en una banca del aeropuerto, y finalmente el miércoles 7 pude llegar a Dublín, y un taxi previamente contratado me trajo a Maynooth.

En este momento me estoy quedando en una habitación en el Campus Sur de la Universidad, un lugar increíble llamado St. Patrick’s Square, bastante bonito, y mañana o el miércoles iré a instalarme en mi nueva casa en la zona residencial de Maynooth Park, uno de los tantos barrios residenciales de este pueblito.

La idea es seguir aquí haciendo crónicas de viaje y de mi vida en la medida de las posibilidades, así que estén pendientes.

Un saludo, L.

Lo que el agua se llevó (y dejó)

Las noticias son terribles.  Todos los días, los medios de comunicación nacionales nos dan cifras escalofriantes del drama invernal en nuestro país.  Más de 2 millones de damnificados (según el DANE, mayo 19), alrededor de 400 muertos, pésimos resultados para restaurantes, hoteles y otros negocios dependientes del turismo, un pueblo entero desaparecido (Gramalote), una prestigiosa universidad Bogotana completamente inundada, y miles de millones de pesos gastados para atender la emergencia.

Este ha sido un invierno en tres fases.  La segunda (más adelante hablaré de la primera), de 2010, es de ingrata recordación.  Esta fue la ola que destruyó Gramalote y que nos puso a todos los colombianos a hacer donaciones para los cientos de miles de personas que lo perdieron todo por cuenta de las inundaciones.  Pero además nos puso sobre aviso: recuerdo bien que las noticias de diciembre informaban de una pequeña “tregua” que sería seguida por una nueva ola invernal, más devastadora.  Pues bien, ese pronóstico resultó ser cierto y estamos viviendo en este momento una de las peores olas invernales de la historia de Colombia (tercera fase).

Sin embargo, a estas alturas, estamos viviendo la re-inundación de muchos territorios que se le habían ganado nuevamente al agua (el ejemplo más dramático es la U. de la Sabana, que ha vivido dos inundaciones en 24 días).  Los anuncios, la historia, no sirvió para nada.  El gobierno parece no haber aprendido nada, ni de lo ocurrido hace pocos meses, ni de otros países que enfrentan temporadas invernales severas continuamente con éxito, gracias a inversión en personal técnico e infraestructura.

Pero esto no es ninguna novedad, y ahora sí quiero hablar de la primera fase del invierno:  año tras año, desde hace muchos, los arroyos de Barranquilla crecen por las lluvias y se llevan carros, viviendas y personas.  Esta y otras situaciones nos indican que todas las temporadas invernales dejan damnificados en esta Colombia precaria y atrasada, que podría disponer de la tecnología y la voluntad para prevenir los efectos devastadores del clima, pero cuya pereza, corrupción y desidia ponen a tanta gente buena en situaciones difíciles por las lluvias o por las sequías.

Este gobierno que se eligió con tanta esperanza, con la idea de que “continuara” (si es que iba) llevando al país por el sendero del progreso, de la seguridad y de la paz, ha sido uno más de tantos gobiernos inoperantes en la historia de Colombia.  Y la prueba más dura y evidente de ello es la incapacidad que ha mostrado para detener, en pleno siglo XXI, la destrucción de las lluvias.  Los colombianos tendremos que soportar, de aquí en adelante, el fortísimo golpe que la atención a los damnificados está representando para las finanzas públicas y para el comercio – para la economía en general.  Pero también tendrá impacto en el empleo, en el tejido social y en la seguridad.  Habríamos gastado mucho menos si hubiéramos hecho las cosas bien desde el principio.