La casa patasarriba

Este es un pequeño texto que no supe como terminar.  Tal vez porque de verdad no se cómo termina…

Se siente desde antes de verla.

Es un olor pestilente que flota en el aire y se hace más fuerte a medida que uno se acerca a esa gran casa desvencijada.  La distancia se reduce y los detalles se hacen más visibles.  La pintura raspada, las telarañas, los paquetes de papas tirados en el jardín y el popó de rata  justo antes de la puerta de madera podrida.

Nada más entrar, el hedor obliga a cubrir la nariz y a suprimir las arcadas.  Espectros, remedos de humanos sentados en cada rincón.  Nos miran: en sus ojos solo hay desesperanza.  Las ratas les muerden los dedos de los pies, las cucarachas les caminan por las piernas y las arañas se les enrredan en el pelo.  Aún así, de algún modo multiplican sus pocas fuerzas para alcanzar los mendrugos que caen de arriba y los mastican mil veces, como queriendo sacar de ellos todo que puedan, porque la vida es una guerra larga de mil batallas que se pelean en cada frase, en cada gesto, en cada súplica.

La cocina es un fuerte contraste: despensa llena, ollas en los fogones.  No hay platos ni cubiertos – se los llevaron los de arriba.  Cuando bajan por más se sirven hasta el borde del plato y dejan esos chorretones en el piso que son testigos de la abundancia.  En la sala, a pocos metros, los espectros se mueren de hambre.  Los que están más cerca y tienen fuerzas para arrastrarse lamen el piso en un intento desesperado por calmar el hambre.

Al subir las escaleras, la pestilencia se hace más fuerte.  Ya no vale simplemente cubrirse la nariz – es tan fuerte que desborda todos los sentidos.  Irrita los ojos, agobia el oído, sabe a sangre.  Extrañamente no viene de abajo, donde los espectros sacan lo que comen del charco de sus propios excrementos, sino de arriba, porque arriba todo está peor.  Los malditos bailan y cantan en un salón inmundo.  A través de los agujeros del piso de madera caen los restos de la comilona.  Los platos están rebosantes sobre la mesa y no cabe en nuestra cabeza que tan pequeño grupo pueda comer tanto, pero es evidente por su figura que están bien alimentados.  En los rincones hay montañas de comida podrida.  También de vez en cuando la botan por la ventana que da al jardín…

¿Por qué no marcho el 9 de abril?

Puede que no todos los historiadores coincidan en que el 9 de abril de 1948 fue el día exacto que se jodió Colombia, pero seguramente la mayoría sí piensa que en la noche de aquel viernes negro ya lo estaba, claramente.  Sea cual sea la fecha, si es que la hay, el 9 de abril es un símbolo poderoso de nuestra desgracia, y para muchos colombianos es el momento que partió en dos la historia de Colombia: un día que nunca acabó, que seguimos viviendo.  Un día en el que se derramó ese vaso lleno de sangre cuyo flujo no hemos podido detener.

Pero es mucha sangre.  Demasiada.  Está claro que muchos de nosotros, la mayoría quizás (y qué triste que lo dude, pero no me hacen falta razones) quiere de verdad que nuestras venas abiertas no sigan regando los campos de Colombia y que las ciudades dejen de teñirse de rojo.  Pero hay que preguntarse qué tanto estamos dispuestos para hacerlo realidad.  Porque todas las condiciones que alimentan nuestra violencia siguen ahí: la corrupción, la desidia, la avaricia, la desigualdad, la falta de oportunidades, y, cómo no, el narcotráfico y la doble moral de los países consumidores.

Si nuestra violencia es producto de todos esos factores, nuestro comportamiento tiene que cambiar.  Nuestra idea de que la ley es opcional, nuestro espantoso “primero yo, segundo yo, tercero yo y si queda algo es para mí”, nuestra “malicia indígena” y nuestro “deje así”, todos ellos aplaudidos y seguramente valorados positivamente en nuestra cultura, tienen que irse.  Ni más ni menos que nuestra cultura tiene que cambiar.  Y por supuesto ese es un camino empinadísimo y larguísimo, uno que nos invita a mirar alrededor a ver si hay alternativas.

Y aparecen entonces las dichosas marchas.  No estoy diciendo que los colombianos piensen que marchar es lo único que pueden hacer por la paz (aunque se que muchos consideran que ese es su maldito “granito de arena” y sale), pero lo que quiero resaltar de las marchas y que me parece odioso es que es un perfecto limpiador de conciencias que no hace más que perpetuar el facilisimo de “yo expreso lo que quiero, pero que otros lo hagan por mí”.  Mis amigos y amigas, salir a marchar por la paz hace exactamente nada para conseguirla.  Si esa es su acción privilegiada para conseguir la paz, siento decirles que no están haciendo nada, que no dieron ni un paso para que Colombia esté en paz.

Algunos dirán que las marchas “visibilizan”.  Que con las marchas le mostramos a los actores armados que no pensamos seguir dejándonos la vida en una guerra fratricida sin sentido (¿y cuál lo tiene?).  Yo creo que las marchas de 1947 y 1948 surtieron el efecto preciso, porque en aquella época las élites no habían visto el tamaño de lo que amenazaba su desidia.  Y con nuestras marchas por la paz lo que hacemos es quitarle el sentido y el poder a aquellas.  “Marchar por la paz” hoy en día no es decirle a los violentos que no queremos más guerra, como si no lo supieran, sino aplicarle un pañito de agua tibia a nuestras conciencias heridas de saber que no nos portamos bien con los demás ni con nosotros mismos.

Entonces yo no marcho.  Ni mañana ni probablemente nunca.  Yo intento todos los días, con diversos niveles de éxito, ser una buena persona.  Ser un buen embajador de mi país aquí.  No meterme en problemas, ser una persona en la que se puede confiar, hacer las cosas al derecho y pensando, en la medida de lo posible, en las consecuencias que tengan sobre los demás.  Porque creo que para hacer paz uno no tiene que ser presidente, ni político, ni salir en televisión.  Creo que uno hace paz cuando deja salir primero en Transmilenio, creo que uno hace paz cuando mira para atrás para no atraversarse en el camino de alguien, creo que uno hace paz cuando no se queda con lo que no es suyo y cuando ayuda sin esperar nada a cambio.  Y sobretodo creo que uno hace paz sabiendo por quien vota y votando con clara conciencia de ello.  Y no estoy presumiendo de ninguna superioridad moral, que no tengo; solo digo que la paz se construye en el día a día, y que no debemos conformarnos con salir a la calle a caminar y a gritar arengas trasnochadas para darle alivio temporal a nuestra conciencia harta de tanta sangre.

De monstruos, camas y celulares

Me saca de mi letargo (blog-ístico) la propuesta del alcalde de Bogotá de no usar el celular en la calle para evitar los robos, y me recuerda el viejo chiste sobre los conductistas: una persona no puede dormir porque piensa que hay monstruos debajo de la cama y decide pedir ayuda al psicólogo conductista, quien le da la siguiente instrucción: “córtele las patas a la cama“.  El chiste se usa para ilustrar el proverbial pragmatismo que se nos atribuye a los conductistas, que según la creencia popular ignora las complejas sutilezas de lo humano.

La propuesta de Petro es del mismo corte.  Problema: los ladrones ven a las personas hablando por celular en la calle y las atracan y les roban el aparato.  Solución: dejar de hacerlo visible para evitar tentar a los ladrones.  Resultado esperado: disminución en el robo.  Sin embargo, algo suena mal y la gente lo ve rápidamente: ¿por qué debo renunciar a mi derecho de usar mi celular? ¿Por qué no mejor acabar con la delincuencia para no tener ese problema?

Evidentemente…

Claro está que ninguna de las dos soluciones, ni la de la cama ni la del celular, acaba con lo que la gente percibe que son los verdaderos problemas en cada caso: los monstruos en uno y la delincuencia en el otro.  Con el agravante de que los robos a celulares son algo real – a veces escalofriantemente real (prácticamente todos hemos sido víctimas de atracos en Bogotá y sabemos que no es una experiencia divertida, que incluso ha sido mortal en algunos casos).

La industria de la delincuencia

En América Latina, la delincuencia es una industria.  Enorme.  Una industria que mueve millones, y que da de comer a muchos.  Desafortunadamente la debilidad de nuestros Estados, la desigualdad rampante en nuestras sociedades, la desidia de nuestros políticos, han terminado por legitimar el robo callejero (y por supuesto el institucional, en el que nuestros políticos son expertos) y lo han elevado a la categoría de trabajo informal.  Triste, pero nuestros rateros son verdaderos profesionales del robo, con horarios, sitios de trabajo, técnicas aprendidas en las calles y las cárceles.

Alrededor del atraco se ha establecido una economía en toda regla: campaneros, redistribuidores, técnicos especialistas (por ejemplo en cambiar IMEIs de celulares), e incluso las fuerzas del orden participan ganancias con los grupos delincuenciales.  Evidentemente, tratar de acabar con el ratero es atacar a los otros subgrupos que dependen de su actividad, y eso hace muy difícil acabar con el fenómeno.  Piensen cómo sería acabar con un gremio legítimo, digamos, los historiadores, o los microbiólogos.  Ustedes creen que uno podría del totazo y así de fácil suprimir esa actividad en un país? Bueno, lo mismo, exactamente igual, es pensar en suprimir a la fuerza la delincuencia común.

¿Y entonces?

Y ustedes dirán, bueno, si usted tiene razón pues estamos jodidos.  Y evidentemente lo estamos, ¡y cada día más!  ¿Qué hacer? Bueno, pues a la luz de lo que dije sobre la delincuencia, está muy difícil que podamos hacer cambios sustanciales, y nos toca luchar en el nivel individual.  Muchos de nosotros hemos adoptado la política de no sacar el celular en buses y calles, y así por lo menos disminuimos el riesgo (a costa de los que los siguen sacando), pero está lejos de ser la solución ideal.  Lastimosamente, arreglar el problema exige hacer muchos, muchos cambios a nivel social que seguimos perdiendo la oportunidad de iniciar.  Lastimosamente, por ahora, la sugerencia de Petro habrá que tomarla en el nivel de la conducta individual, pero sin acostumbrarnos a ella y sin naturalizarla, como nos pasa con todo – las cosas funcionan  tan mal que nos olvidamos de que funcionan mal y las marcamos con el famoso “deje así”.  Lo que sí podemos hacer mejor es no dejar pasar las oportunidades de que las cosas comiencen a funcionar mejor (como en las presidenciales pasadas…)

Savita y los abortistas

Tremendo jaleo se ha armado en Irlanda en estos días después de la desafortunada muerte de Savita Halappanavar.  Inclusive aquí, a corta distancia de St. Patrick’s College, principal seminario de Irlanda y a su vez uno de los escenarios del más grave escándalo de abuso infantil en el país, se vive con fuerza un ambiente de protesta, inconformidad, y hasta vergüenza.  En la calle y en los periódicos la gente dice avergonzarse de ser irlandesa.  El sentimiento es tal que hace un par de días llegué tarde a una cita porque me estrellé de frente con 2000 personas que protestaban frente al Dáil (Parlamento) y hasta el momento más de 5000 han confirmado su asistencia en Facebook a la gran protesta de mañana en Dublín, con el fin de presionar al gobierno para que finalmente decida legislar sobre la voluntad del pueblo, que según me cuentan se ha pronunciado en dos referendos: sí al aborto.

El gobierno ya ha ordenado, eso sí, una investigación sobre el caso.  Dos son los hechos relevantes del mismo, y que no necesitan la confirmación de la indagación gubernamental: el primero es que Savita murió, aunque no está totalmente claro que tenga relación con no haber practicado el aborto, y el segundo es que los médicos se negaron a practicar el aborto que ella y su esposo reclamaban, con la excusa de que Irlanda es un país católico.

La verdad es que después de hablar con algunas personas aquí, entiendo la acción de los médicos.  Al no haber legislación explícita sobre el particular, comprendo que los médicos hubieran querido evitarse una causa penal y la pérdida de su licencia en el futuro – quién garantizaría que después del aborto quirúrgico no recibirían una demanda por homicidio o algo por el estilo?  Ante la duda, prefirieron la inacción, y en su juicio profesional determinaron que si bien se produciría eventualmente una pérdida natural, no había alto riesgo para la madre.  No contaban con que efectivamente Savita desarrolló una septicemia y murió.

Creo que la rabia de la gente sobretodo está relacionada, sin embargo, con la excusa de los médicos.  A pesar de que Savita y su esposo solicitaron la terminación del embarazo, el argumento para negarse fue que “Ustedes están en un país Católico”.  Semejante afirmación, repetida hasta el cansancio en los medios irlandeses, solo ha contribuido a que crezca como bola de nieve el sentimiento anti-católico (anti-religioso, de hecho), bien nutrido desde hace años gracias a los escándalos de abuso sexual infantil en conventos y seminarios.  Los atacantes dicen que mujeres como Savita mueren como consecuencia del pensamiento “medieval” y “arcaico” asociado a la religión católica, que reprocha y prohíbe la terminación artificial del embarazo, a lo cual responden los creyentes diciendo, no sin algo de verdad, que la muerte de Savita nada tiene que ver con razones religiosas.

Creo en efecto que en realidad ha sido la torpeza y la ligereza de los médicos, al esgrimir como excusa un desafortunado argumento religioso en vez de uno legal (y entonces sería otra la discusión) para escapar a las posibles repercusiones, lo que ha enfadado tanto a la gente, aunque no desconozco que el movimiento pro-elección es fuerte aquí y que la enorme mayoría de los irlandeses indignados con este caso lo apoya (por no decir que todos).

Sea como fuere, argumento religioso o legal, la sociedad se ha movilizado (y lo hubiera hecho igual, seguramente, si la ligereza de los médicos nunca hubiera salido a la luz).  Los irlandeses, que no se caracterizan a sí mismos como gente afín a la protesta, se han volcado a las calles y a los medios sociales para intentar obligar a su gobierno a sentarse y legislar sobre lo que le han pedido.  Y seguramente lo conseguirán.  Un ejemplo para nosotros los Colombianos, que actualmente luchamos por no perder nuestra conquista en este terreno: la C-355/06.

Reporte de viaje: un poquito de Gales

Study Week es uno de esos periodos muertos en la universidad. Se supone que es una semana para estudiar, y la universidad queda casi vacía. En previsión de largos días sin participantes y dado que a mi visa del Reino Unido le quedaban solo unos cuantos días de validez, decidí armar un viajecito a Inglaterra y que me llevara por otro país. Después de revisar vuelos y posibles destinos decidí que quería visitar Liverpool y Londres, y podía tomar el ferry desde Dublín para llegar primero a Gales. Mi viaje entonces me llevaría a un país nuevo, y me permitiría andar bastante en tren, lo cual es útil para ver el paisaje y enterarse más o menos de cómo luce el país.

El plan implicaba además salir de Irlanda en ferry – una posibilidad emocionante. Reservé mi tiquete y el domingo 28, bastante gris y lluvioso, a las 8:45am ya estaba saliendo en el poderoso Jonathan Swift. Salir de Maynooth un domingo para estar así de temprano requirió un gasto extra – un taxi desde Dublín que me costó cincuenta imprevistos euros.

El check-in fue bastante fácil y rápido, y el ferry es bastante cómodo, con un área de restaurante y bar amplia y hasta con un pequeño teatro que proyecta películas para los niños. El viaje fue en general muy cómodo, aunque hubo algo de movimiento por los vientos fuertes de la costa, y tardó dos horas.  Holyhead, en Gales, me recibía con el famoso clima de las islas británicas, de grandes nubarrones y lluvia constante.  Dí una vuelta por el centro de Holyhead, cuyos fuertes vientos destruyeron mi paraguas, y luego tomé el autobús hacia mi siguiente destino:

Lo pronunciará Mandrake…

La foto es en la estación de trenes de Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, que estaba en mi itinerario solamente porque es el lugar con el nombre más largo de Europa (en Nueva Zelanda hay un sitio con un nombre aún más largo).  Ahí tomé fotos del nombre, almorcé en un pub, y tomé otro bus hacia Llanberis, mi base para explorar la mañana siguiente la montaña más alta de Gales: Snowdon.

Cumbre de Gales

La que ven es la cumbre de Snowdon, 1085 metros sobre el nivel del mar, una de las montañas del parque nacional Snowdonia en Gales.  Es una hermosa reserva natural situada en una parte donde todo el mundo habla Galés (aunque también todos hablan inglés, pero fue bonito oir sus conversaciones en Cymraeg).  Como tenía poco tiempo decidí que subiría en un tren que parte desde la estación de trenes de Llanberis (cuyo único tren, sospecho, va hacia la montaña).  El recorrido toma 2 horas y media, con una estancia en la cima de 30 minutos.  Arriba, como se puede esperar, es bastante frío y había nieve por todos lados.

Al bajar me dí cuenta de que había perdido mi bus a Bangor y tenía que esperar un rato así que fui a dar una vuelta por Llanberis, el típico pueblito británico.  Con unas vistas bastante bonitas:

Llanberis, mirando hacia Snowdonia

Tenía mis horas contadas para visitar Gales, desafortunadamente, así que solo hice un recorrido por el norte hasta Bangor, y después tomé el tren a Inglaterra.  El sur de Gales quedará para futuras escapadas 🙂

El nombre del terrorista

Tengo aquí un amigo con un apellido típico de su país musulmán, algo así como Pérez pero en esa nación. Dice que no viaja a Estados Unidos porque siempre lo “eligen” para las famosas entrevistas en el cuarto de pre-deportación, y pasar por inmigración es una tortura.

En la misma veta, el profesor Mauricio García publica su historia – a pesar de haber tenido visa para Estados Unidos y haber visitado ese país varias veces en las útimas décadas, la última ocasión tuvo que cancelar sus actividades debido a una demora causada porque… tiene un homónimo terrorista. Sí señores, hay por ahí otro Mauricio García que representa “una amenaza para los intereses de EE.UU.”, como dirían ellos mismos.

Pero no es al único.  Colombianos de renombre por una u otra razón como el futbolista Giovanni Moreno, el chef Elkin Escobar, el director técnico Luis Fernando Suárez, y otros cientos de connacionales han sufrido esta discriminación.  Gente de bien, que no va a Estados Unidos a hacer cosa distinta que trabajar honradamente o gastarse su plata bien ganada turisteando, pero que recibe en la cara el seco rechazo de los funcionarios consulares con frases cortantes e intimidantes como “la ley no se lo permite”, “no tiene dinero suficiente”, “no está bien en su país como para visitar el mío” o “usted ha llevado drogas a mi país”.

Ahora bien, es cierto que en el mundo desde hace tiempo un funcionario consular o de inmigración, en representación de un país, puede decidir a quien deja entrar en el y a quien no.  Y no vamos a criticar eso.  Lo que sí me parece increible es lo que señala el profesor García: no es posible que en el país con los mejores sistemas de información del mundo a uno le nieguen una visa o una entrada solo porque hay otra persona que se llama igual que uno.  A ver, es que con el perdón del profesor García, Mauricio García es un nombre común y silvestre que lo tienen yo creo que millones de personas en el mundo.  Mejor dicho, si yo quisiera ponerme en contacto con el profesor García,  y el me dijera “ah, búsqueme en Facebook” (bajo el supuesto dudoso de que tiene tiempo y ganas de tener Facebook), pues me jodí porque antes encuentro al terrorista que a el, con tantos Mauricio Garcías que hay.

Pero también dice bien el profesor García en su artículo que normalmente no sería problema si no fuera porque además somos Colombianos.  Y gracias a la política exterior de EE.UU., que no deja de sorprender por su paranoica torpeza, resultamos siendo todos 50 millones de criminales en potencia.  Mejor, 50 millones de traficantes de droga, y ahora por extraña extensión terroristas.  Es decir, primero condenan y criminalizan las drogas (excepto cigarrillos y alcohol) en el fondo con intención de excluir por raza y pobreza, y luego deciden que por el solo hecho de haber nacido en Colombia uno es potencialmente un traficante.  Uno esperaría que semejantes juicios tan absurdos fueran cosa del pasado, digamos cuando los españoles sugerían que haber nacido en América era la cagada porque uno tenía “la mancha de la tierra”, pero ya ve que no.  Eso que llama García “peligrosismo penal” ha sobrevivido todo este tiempo, a pesar de que uno esperaría que después de 500 años las cosas hubieran cambiado mínimamente al menos.

Claramente esta no es una situación exclusiva de los Colombianos.  Desde el punto de vista de pasaportes y visas creo que nos va mejor que a, digamos, los iraníes, los iraquíes y los afganos, por decir tres que recuerde.  Y ciudadanos de otros países latinoamericanos y hasta de España han tenido los mismos problemas.  Un fulano cualquiera, con unos pesos (o soles o reales o bolivianos o bolívares o lo que sea) y ganas de conocer a Mickey Mouse y de pronto hasta de llevar a su familia, va a una embajada de EE.UU. y le niegan la visa porque se llama Juan García y resulta que en la lista del FBI hay un Juan García.  Luego va otro que se llama Pedro Pérez y lo mismo, y el siguiente en la cola se llama Alexis Flores y adivinen…

Pero bueno, si uno no es parte de la solución es parte del problema.  Así que desde aquí yo le ofrezco mis servicios al gobierno estadounidense para que deje de hacer pendejadas en este asunto.  Le propongo dos cosas:

  1. Si se sospecha que el solicitante es un terrorista o que de cualquier manera amenaza los intereses de su país, igual dele la visa.  En el aeropuerto, los equipos de US-VISIT igual verifican nombres y pasaportes de todos los que llegan a territorio estadounidense (legalmente), entonces ahí pueden cotejar las huellas de una vez y lo cogen y lo encierran.  Punto.  Es más, no veo por que no se puede hacer ese proceso en una embajada.
  2. Estoy seguro de que yo, que no soy programador de computadores pero algo se, puedo diseñar en un par de días un sistema de cómputo que busque en bases de datos de nombres y que en 2 minutos compare la información del solicitante con la del terrorista y ya estuvo.  Si lo puedo hacer yo, seguro que lo pueden hacer sus excelentes ingenieros del MIT o de donde sea.

Y al gobierno Colombiano, me encantaría recomendarle miles de cosas que creo  que pueden hacer de este un país mejor, pero por ahora esta me parece chévere: incentiven el turismo interno, carajo.  Cuánta gente del interior no conoce el mar?  Cuántos colombianos no hemos visto un delfín rosado? Cuántos no hemos ido a Caño Cristales? Cuántos se han perdido de esa maravilla natural (amenazada) que es el Parque Tayrona? Se necesitan meses, quizás años para turistear todo lo turisteable en Colombia.  Y más allá están los demás países latinoamericanos, hermanos que no nos piden visa.  Qué rico sería que en Colombia siempre tuviéramos ganas de ir a conocer otro pedacito de nuestro país, en vez de querer dárnoslas de haber “cruzado el charco” o “haber ido a Disney”.

Mi respuesta a Sergio Gorzy

Después de la contundente victoria de la selección Colombia ayer por cuatro goles sobre Uruguay, el periodista de ese país Sergio Gorzy se despachó contra el fútbol colombiano, acusándolo (con alguna dosis de verdad) de estar gobernado por una institucionalidad “bárbara” que no hizo nada ante el hecho de que el aire acondicionado del vestuario del equipo del sur estuviera apagado y además de ser un “narcofútbol” cuyo producto en términos de trofeos era escasísimo.  Remató diciendo que los colombianos somos y seremos, por esas razones, eternos perdedores.

Esta respuesta lógicamente nunca la leerá Sergio Gorzy, pero me gustaría de todas maneras intentar una respuesta más o menos civilizada, ya que mis compatriotas se han tomado Twitter en las últimas horas y con sus insultos y amenazas generalmente han confirmado la visión de Gorzy de que somos una “manada de salvajes”.  Esto es un problema del cual hablaré en otro momento, pero por ahora quisiera responderle a Gorzy en forma de carta.

Entonces, aquí va:

Estimado Sr. Gorzy,

Me complace saludarle, y me apena que usted, sus socios y la selección de su país hayan pasado tan malos momentos en Barranquilla.  Entiendo el dolor que le causa como hincha la derrota, sobre todo porque se ha perdido un invicto de 18 fechas.  No obstante, el camino es largo y Uruguay se mantiene en buenas condiciones con miras al final de la eliminatoria.  Les deseo, de corazón, lo mejor.

Me gustaría llamar su atención sobre sus comentarios después del partido, con los cuales se refirió a nuestro fútbol como un secano estéril, financiado por el narcotráfico y atrapado en el sopor de su institucionalidad y en su destino de fracaso.  Lo dijo usted con palabras mucho menos elegantes, pero esa es la idea.  Yo lo digo así porque acostumbro medir mis palabras y ponerme en el lugar del interlocutor.  Si usted hubiera tenido tal cortesía, habría pensado en la tragedia de nuestra gente, atrapada entre una clase dirigente displicente, apática ante el dolor ajeno, y una guerra tonta que se pelea con químicos y armas antes que con control de la demanda, peleada por otros países en nuestro territorio.  Mis compatriotas y yo sufrimos todos los días, en todo momento, en todo lugar, las consecuencias de esta guerra, y nos hiere profundamente que se nos anteponga el prefijo “narco”.

Porque, verá usted, la mayoría de nosotros no tenemos nada que ver con la droga.  Ni nos va ni nos viene, como decimos por aquí.  Pero por ella todos sufrimos.  Usted no tiene, como uruguayo, ningún problema para visitar otros países, por ejemplo.  Los colombianos de bien, que somos muchos, me atrevería a decir que la mayoría, somos parias del mundo, discriminados por nuestro pasaporte, cargando siempre con un pecado que no es nuestro.  Yo he sido tratado como criminal en aeropuertos del mundo por mi pasaporte, y he tenido que oir innumerables chistes idiotas sobre la droga, porque soy Colombiano.  Y, dirá usted, que es verdad que a Colombia se la conoce por la droga, a lo cual le responderé que es bastante inapropiado caracterizar a una gente, en un tiempo, de esa manera tan laxa.  Es como decir que, como a Alemania se le conoce por el Holocausto, todos los alemanes son asesinos.

Al llamar a nuestro fútbol “narcofútbol”, hace usted una peligrosa generalización.  Nuestro “narcofútbol” ha dado grandes jugadores que se han destacado en clubes de todo el mundo – no necesito recordárselos, usted seguramente los tiene presentes, y la selección nacional ha derrotado en franca lid a grandes equipos del mundo y se ha ganado con justicia lo que se ha ganado.  Sea mucho o poco, eso no importa – dirá usted con razón que Uruguay es la selección más exitosa en el mundo del fútbol, pero la verdad es que la última medalla olímpica fue en 1928, la última copa del mundo en 1950, y últimamente solo ha ganado la Copa América de 2011, después de un ayuno bastante largo.  Muchos equipos del mundo tienen un mejor récord a lo largo del tiempo, mostrando consistencia, respaldada por títulos.

Acusar al clima de la derrota de Uruguay es demeritar el trabajo de sus jugadores.  Un jugador profesional de fútbol es eso: un jugador PROFESIONAL de fútbol.  Una persona entrenada, preparada para dar lo mejor de sí en el terreno de juego en cualquier condición.  Insinuar que a sus jugadores los venció el calor es irrespetuoso con ellos y con sus rivales – seguro que el clima tiene alguna influencia, pero tanto como afirmar que decide un partido es desconocer que el rival pudo jugar, y muy bien, en la misma temperatura.  O equivaldría a decir que hay partidos que no vale la pena jugar porque el termómetro marca tanto o cuanto.

Me disculpo por el comportamiento de mis compatriotas que lo han estado atacando por Twitter.  Igual que en la mayor parte de América Latina, por no decir del planeta, su forma de expresar su inconformidad es inadecuada y agresiva.  Yo he querido hoy intentar hacerlo de una manera más civilizada.

Finalmente, el fútbol que usted y yo amamos es, al final, un juego.  No puede convertirse en un instrumento para pisar los derechos y el buen nombre de nadie.  Los colombianos nos sentimos ofendidos con sus comentarios.  Muchos entendemos que los mismos fueron alimentados por el dolor de la derrota, pero también esperamos que con cabeza fría se disculpe con el pueblo colombiano por sus palabras, ofensivas y dichas a la ligera, sin ponerse a pensar un momento en la tragedia de la que se mofan.  Si más gente lo pensara dos veces antes de lanzar expresiones incendiarias, el mundo sería un lugar mejor.

Nuevamente le deseo la mejor de las suertes a su equipo en esta competencia, recordándole que aunque todos salimos a ganar, a veces somos derrotados.  No pasa nada, el mundo no se acaba.  Lo bonito del fútbol es eso, que es como la vida misma: unas veces se gana, y otras se pierde.

Un saludo fraterno,

Luis Manuel Silva

Status convulsivo

En Bogotá, Colombia, una bomba explota en un autobús, matando a un puñado de inocentes e hiriendo gravemente a un exministro.  La explosión ocurre algunas horas después del hallazgo macabro de al menos 49 cadáveres desmembrados, decapitados y con señales de tortura en Cadereyta Jiménez, Nuevo León, México.  Una joven madrileña, talentosa pero desempleada, todavía adolorida por los maltratos a los que fuera sometida el día anterior durante el desalojo de la Puerta del Sol, le reenvía por Internet la noticia de Bogotá a su amigo colombiano, que se recupera en Damasco de las heridas sufridas en un enfrentamiento cerca de Homs, Siria, a donde intentaba llegar como parte de una misión médica que deseaba atender a centenares de inocentes víctimas del régimen.  Su hermana, cocinera en Israel, también lee la noticia y piensa en el y en su país, tan lejano, al tiempo que ve pasar veloz un convoy del ejército israelí, una ocurrencia nada extraña y seguramente relacionada con los cohetes que los militantes de Hamas lanzan ocasionalmente al otro lado de la frontera.  Esa noche algunos de ellos morirán en la cruel retaliación.  La radio noruega dedica también un pequeño espacio a la carnicería en Suramérica y la infamia en España, aunque la noticia del día es la inmolación de un hombre frente a la Corte donde se juzga a Anders Breivik, el asesino de 77 personas en Oslo y Utøya en 2011.

En los pocos eventos de los que acabo de hablar he contado más de 200 personas muertas.  Se que son muchos más los eventos, y millones más los muertos que no tienen nada que ver.  Por más que quisiera, simplemente no podría saber de todos ellos.  No puedo contar las víctimas de la injusticia, de la infamia, de la tortura, de la desiguladad, de la pobreza, del hambre, de la violencia y de la desidia que son, más que la razón, las verdaderas características del ser humano.  En nuestro mundo, los malos son más.

Y más plata perdida…

Mis estudiantes y amigos recordarán que hace dos años, cuando instalaron los famosos paraderos de la carrera 7ma en Bogotá, que la “administración” de entonces promocionó como el fin del desorden del transporte público en esa vía, dije varias veces en clases y conversaciones que el dinero que se estaba invirtiendo en las estructuras metálicas, las cintas, los volantes, los mapas, los chalecos naranja y el personal era plata perdida: que esa inversión iba literalmente a la basura porque no iba a cambiar la situación y el despelote iba a seguir exactamente igual.

Para el lector que se haya salvado de tener la desagradable e incómoda experiencia del transporte público bogotano, se lo describo rápidamente: empresas particulares son dueñas de las rutas o recorridos, y conceden derecho de circulación a propietarios de buses (los buses no son de las empresas) por una módica suma, y los propietarios a su vez arriendan a conductores (que pueden o no ser los mismos propietarios), quienes conducen Y cobran al mismo tiempo.  Como ganan su sueldo a destajo (por pasajero recogido), paran donde quieren.  El interés de las empresas explotadoras de las rutas y de los propietarios sobre el estado de los vehículos y el comportamiento de los conductores es mínimo, en tanto los conductores y los propietarios paguen su arriendo.

Pues bien, en una triste nota el periódico El Tiempo reportó ayer que las estructuras metálicas de los paraderos que hace rato no se respetan (desde su construcción, prácticamente) se encuentran en deterioro debido al vandalismo.  Obvio.  Esto era lo que decía yo (y muchas otras personas) hace dos años.  Y es que cualquiera que tenga la más mínima noción de análisis de la conducta humana podría haberlo previsto.  Voy a explicarlo cosa por cosa para quienes quieren profundizar en las razones: la Secretaría de Movilidad consideró que la instalación de paraderos y una campaña de promoción cambiaría la conducta de las personas y ese sueño maravilloso de miles de bogotanos haciendo ordenada fila en los paraderos para tomar el bus se haría realidad.  Ello presupone que:

  1. La razón (o al menos, la principal razón) por la cual los pasajeros no respetan los paraderos es porque no hay paraderos (pero si hubiera lo harían).
  2. La razón por la cual los conductores no paran en los paraderos es porque no hay paraderos (pero si hubiera lo harían)
  3. Si a la gente se le informa que un cambio va a tener lugar, cambiará su conducta de buena gana.

Con lo cual todos estos años de evolución de nuestra comprensión del comportamiento humano (y de la ciudad, por cierto) son ignorados de plano.  Los problemas conductuales aquí son que:

  1. Ya dijimos que los conductores de autobuses en Bogotá ganan su sueldo por pasajero recogido – es decir, entre más pasajeros recojan, más dinero ganarán.  Si los pasajeros deciden, como es el caso de Bogotá, señalar su intención de tomar el autobús en cualquier lugar, que sea o no sea un paradero oficial, lógicamente el conductor no tendrá más remedio que detener el vehículo donde vea que un pasajero lo reclama.  Tampoco tendrá problema en atravesar rápidamente la calle con su vehículo para llegar al andén y recoger al pasajero, con lo cual crea todavía más desorden en el tráfico.
  2. Y los pasajeros ya han aprendido, por observación y experiencia, que no es necesario ir al paradero para tomar el autobús: basta con salir a la calle y extender la mano y oh maravilla, el vehículo se detiene y el pasajero puede subir.

Está claro que la idea de los paraderos es una buena idea.  Concentrar a los pasajeros en espacios discretos separados por una cierta distancia aumenta el tiempo que los buses están rodando y disminuye los atascos y los accidentes que crean los conductores al ir de un extremo al otro de la vía súbitamente para recoger a un pasajero.  Además puede tener efectos benéficos en la salud de los pasajeros, al obligarlos a caminar hasta el paradero.  Y digamos que también puede propiciar ocasiones de información (publicidad, revistas) y de interacción (ojalá positiva) entre ellos.  Si no fuera una buena idea no funcionaría tan bien en varias ciudades del mundo.

Sin embargo, en tanto no se modifiquen las condiciones que realmente controlan las conductas de los conductores y los pasajeros, no va a pasar nada.  Y estas condiciones no pueden reducirse a “es que no hay paraderos”.  No es por eso.  Bueno, señor psicólogo, entonces qué hay que hacer? Cómo hacemos para transformar esta triste realidad?  Bueno, pues ya dije cuales son las condiciones que mantienen el problema, cuestión es de cambiarlas:

  • Páguele un sueldo fijo a los conductores por unas horas de trabajo a la semana, independientemente del número de pasajeros que recoja.  Total, se lo merece – es un trabajo como cualquiera.
  • Utilice un programa de inspectores encubiertos haciéndose pasar por pasajeros que premien a los conductores que paren en paraderos y castiguen a los que no lo hacen, con un sistema de puntos ligado a bonificaciones, por ejemplo.  Los primeros dos meses este sistema debe ser intensivo: cualquier conductor debe tener por lo menos un inspector encubierto al día.  Después se puede disminuir progresivamente, pero lo importante es garantizar que el conductor no sepa si lleva o no lleva un inspector.
  • Los pasajeros se irán dando cuenta de que señalar su intención de tomar el autobús ya no funciona si no es en el paradero, e irán ajustando su conducta.  Puede ayudar hacer una campaña informativa en los mismos paraderos y en televisión nacional, para que entiendan las razones y no tengan que descubrirlo lentamente a través de la experiencia.
  • Las ventajas de los paraderos se irán haciendo evidentes y como no está el elemento de destajo, no hay realmente necesidad de que el conductor pare en sitios distintos a los paraderos.  La conducta se generalizará y el sueño se hará realidad.

Evidentemente exige un cambio un poco dramático: ni más ni menos que cambiar el esquema de pago de los conductores.  Bueno, pues hay que hacerlo.  Y si no se hace ahora se tendrá que hacer después, cuando sea más costoso, pero tendrá que hacerse.  Presupuesto? Sí hay.  Ojalá más pronto que tarde se puedan implementar estos cambios.

Mi falsa psiquiatra

No recuerdo bien el año, pero creo que era 2003. Yo era estudiante en práctica en la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana, y en ese momento estaba haciendo mi rotación en el Centro Javeriano de Oncología, presenciando el desfile inacabable de personas injustamente castigadas con esa terrible enfermedad que es el cáncer. Me gusta pensar que mi presencia y mi trabajo allí hicieron al menos algo de diferencia para algunos. Ciertamente, para mí la presencia (y a veces, la ausencia) de todos ellos fue determinante.

Se imaginarán que, por muy psicólogo que uno sea, algunos casos francamente despiertan en uno un torrente de emociones y de sentimientos que inundan la propia vida y amenazan la integridad personal.  Recuerdo casos, con nombre y apellido, que me llenaron de furia con el universo, porque no entendía por qué personas buenas, correctas, enérgicas, amorosas y lindas tenían que pasar sus días llenándose de químicos que los devastaban, sometiéndose a quemaduras, agujetazos, exámenes humillantes, y pensando que quizás todo ello no seriviría para nada y que al final esa maldita enfermedad los mataría.  Como en efecto pasó en muchas injustas ocasiones.

“Adriana” era una de esas injusticias.  Brillante médica, residente de último año de una competitiva especialidad, trabajadora incansable a pesar de sufrir de una enfermedad crónica debilitante desde pequeña, ahora afrontaba de cara la muerte debido a un huésped inesperado y nefasto en su cerebro.  Un tumor de los peores, creciendo en una cabeza conocedora como nadie del desastre que en ella se gestaba, y por supuesto de su destino final.  Valerosamente, esta jovencita de veintitantos, sin un pelo en la cabeza como consecuencia de la quimioterapia, decidió aceptar su suerte, y seguir hasta donde humanamente le fuera posible.  Llegó a nosotros con una sola súplica: ya se que me voy a morir, se cómo y cuando.  No quiero más médicos, quiero amigos, quiero  personas.  Quiero aprovechar hasta el último minuto.

Médicos y psicólogos conmovidos por su situación aceptaron su petición.  No era raro verla tomando café y fumando con algunos oncólogos (que por cierto muchos tienen la costumbre de hacer todo lo que le prohíben a sus pacientes), y conversando amigablemente con algunos en pasillos y salas de espera.  Con un par de personas del equipo la cosa incluso salió definitivamente de lo profesional y se convirtió en paseos por el centro de la ciudad y otras actividades más “de amigos”.

Obviamente, algunas personas sujetas al denso estrés que supone ver la muerte y la enfermedad tan de cerca simplemente no lo toleran y un buen día simplemente estallan.  Sea como sea el estallido, lo cierto es que algunos terminan recluidos en los mismos sitios en los que días atrás trabajaban como personal de la salud.  Para tratar de minimizar la probabilidad de que algunos de nosotros termináramos en las mismas, la Universidad dispuso una serie de reuniones quincenales para que los estudiantes pudiéramos ventilar nuestras emociones.

Y en una de esas, debo decirlo, aburridas reuniones, entre las velas y los cojines alguien hizo por fin la pregunta perfecta.  “Lo mejor que me ha pasado en los últimos días”, dijo alguien, “es Adriana”.  Comenzamos a hablar de lo mucho que había movido su presencia en el corazón de algunos.  Como algunos no la conocían, otros comenzaron a contar su historia.  No como se cuentan las historias en las revistas clínicas, esas que comienzan con “Paciente femenina de 26 años, natural y procedente de…”, sino la otra, la de su vida, la de su colegio, la de sus padres… la de sus padres? Pero si sus padres están muertos desde hace tiempo!.  “No, no lo están, ella vive con su mamá”, dijo una.  “No, a mí me dijo que vive con los dos”, respondió otra desde el otro extremo del salón.  “Bueno, pues a mí me dijo que murieron”, terció una más.  Todos nos miramos con estupor e incredulidad.

Total, al final de la sesión ya no sabíamos quién era Adriana.  Dos de mis compañeras salieron de ahí decididas a salir de la duda.  Recuerdo bien la llamada y la reunión.  “Te vas a ir de culo”, me dijo una de ellas.  Ante mis ojos una gruesa historia clínica, la historia de una paciente femenina de veintitantos años, sin siquiera el bachillerato completo, y un rosario de estancias en diferentes psiquiátricos.  En todos, el mismo cuento: una joven y talentosa médica gravemente enferma.  Entraba como Pedro por su casa al hospital de turno con una bata encima, pasaba revista, recetaba a los pacientes y trababa amistad con cualquiera dispuesto a conmoverse con su triste historia.  Cuando la duda amenazaba con desenmascararla, simplemente buscaba otro hospital y empezaba de ceros.  Me reservo el diagnóstico final, pero quiero contar que, para darle crédito a su mentira, sacaba resultados de exámenes de otros pacientes y los hacía pasar como propios.  De esa forma convencía a los tratantes de que en efecto estaba enferma de lo que decía.  Pero por supuesto no había tal glioblastoma multiforme en su cabeza.

Adriana desapareció, como era de esperarse, después de que descubrimos la mentira.  Quién sabe en qué pasillo de hospital esté ahora, a quién esté recetándole aspirinas y aguas aromáticas y quién esté comprando una de sus historias.  Pero ya en 2003 conocí yo a mi propio Camilo Herrera.

Epílogo

Quienes se pregunten como es posible que un falso psiquiatra (o una falsa médica) haya engañado tanto tiempo a una comunidad científica establecida, y a un país entero, deben tener en cuenta dos cosas.  La primera, un paciente psiquiátrico puede ser capaz de venderle lo que sea a quien sea.  La verdad es que no se necesita que se paciente psiquiátrico – fíjense como Europa le está vendiendo al mundo la idea de que para salvar a Grecia de la quiebra hay que endeudarla más y humillar y rebajar a su gente.  Yo no soy presidente, pero sí se que si mis deudas son más grandes que mis ingresos, pues debo recortar mis gastos y aumentar mis ingresos para pagarlas – no contraer una deuda aún más grande, y eso se cae de su peso.  Y sigamos – Hitler vendió la idea del “espacio vital”, Bush vendió la idea de la “guerra contra el terror”, Ceau?escu vendió la idea de la “revolución cultural” que casi acaba con Rumania, a Samper no hubo quien le pudiera discutir el “aquí me quedo”, Uribe vendió la idea de la “seguridad democrática”, Santos vendió la idea de las “locomotoras”…

Segundo, tristemente es verdad que muchas instituciones y profesionales en Colombia no están bien preparados, ni para esta, ni para muchas otras situaciones.  Tenemos que hacernos la pregunta por la calidad de la formación y por la calidad del ejercicio.  Pasaron años antes de que se verificara la hoja de vida de este señor, antes de sus colegas se pronunciaran efectivamente sobre su desempeño, antes de que le hiciera daño a muchos con sus dictámenes.  Diría yo, especialmente los psicólogos tenemos que hacernos esa pregunta.  Otro día escribiré sobre las diferencias abismales entre los sistemas de formación aquí y allá, pero les anticipo que estamos en una situación bastante mala.